viernes, 30 de mayo de 2008

El riesgo de la desconfianza.

El nerviosismo de mercado ha llevado a que se lo comparara, a mi juicio, equivocadamente, con la crisis vivida en 2001-2002. Pero pasados seis años, la situación, a priori, es mejor que la de entonces; por lo menos, diferente. El resurgimiento en números fue muy fuerte. Parece contar con respaldos más sólidos y bases más genuinas que en otras bonanzas del pasado. La economía va por el poco habitual sexto año consecutivo de fuerte crecimiento y el PBI por habitante es 20% superior al pico de 1998. Es cierto que se partió desde el subsuelo en 2002 y que la distribución del ingreso, la pobreza y la indigencia son bastante peores que las de aquel momento.

Hay reservas por 50.000 millones de dólares. No es un seguro contra todo riesgo (35.000 millones heredados por la Alianza no sirvieron en su momento) y es cierto que una parte importante tiene como contrapartida pasivos del BCRA. Pero es una caja equivalente a un año de importaciones, dos años de pagos de la deuda pública y 100% de los depósitos en los bancos. No deja de ser una "tranquilidad".

La recaudación tributaria crece a razón de 40.000 millones de pesos por año y bate récords. Es cierto que gran parte de los ingresos están fuertemente ligados a distorsiones, a precios internacionales récord y al impuesto inflacionario. Es cierto también que la presión tributaria es altísima y que explotó el gasto público. Pero recaudar bien es otra "tranquilidad" que hoy está.

Los términos de intercambio son los mejores de los últimos 35 años. Precios y cosecha récord son un buen reaseguro para que, una vez más, se cumpla la historia: con precios altos hay mucha más chance de que la economía ande bien que con precios bajos. Pero es cierto que, sin programa económico, se trata más de oxigenadores, y que está el conflicto abierto con el campo. Sin embargo, a pesar de los seis años de crecimiento económico, el alto nivel de reservas, el boom de recaudación y los términos de intercambio récord -todos factores "tranquilizadores"- también es cierto que hay temor. Las decisiones dentro de la Argentina y en el exterior se toman sobre la base de que los números vistos hasta aquí son buenos, pero frágiles. No se niegan, pero hay inquietud de cuánto podrá estirarse esta bonanza. Hay desconfianza, y es bastante generalizado.

Un indicador de la "desconfianza interna" es la dolarización de portafolios. Entre noviembre 2007 y marzo 2008, antes del conflicto con el campo llegó a 600 millones de dólares por mes; con el campo de por medio, en abril y mayo, superó los 2000 millones al mes, que es un número superior a meses de 2002. No se trata de tener o no poder de fuego para "aniquilar a los especuladores" (entre ellos el hombre común, que quiere protegerse). Se puede aniquilar sin que eso signifique reganar la confianza.

Un indicador de la "desconfianza externa" es el persistente alejamiento de la inversión extranjera. Con mayor "torta regional" llegó menos. Según la Cepal, diez años atrás, el 13% de la inversión extranjera en América latina elegía nuestro país. Actualmente, este porcentaje se redujo a apenas el 5%. Por ejemplo, en 1997 recibíamos el doble de inversión que Chile y hoy un tercio. Venían dos tercios de lo que iba a Brasil y hoy apenas viene un séptimo. Superábamos claramente a Colombia y Perú, y hoy estamos detrás. Son, por otra parte, estadísticas internacionales, para evitar cualquier tipo de discusión.

Un indicador de "desconfianza mixta", interna y externa, es la sobretasa de interés que se le cobra al gobierno argentino para otorgarle financiamiento. Hoy supera los 900 puntos básicos, cuando las economías emergentes vecinas, no sofisticadas, pagan apenas 200. Esta enorme brecha la demanda incluso un gobierno "amigo" como Venezuela para poner plata. Es la sobretasa que pagaba la Alianza en abril de 2001. La pregunta es por qué prima la desconfianza en la Argentina, dentro y fuera del país, a pesar de los buenos resultados económicos. ¿Son tan fuertes los condicionantes a cada indicador positivo presentado al comienzo de esta nota? Hay más de una respuesta.

La primera tiene que ver con la propia historia argentina. El antecedente de repudiar contratos y deudas es una carga pesada. Excede al actual gobierno. Pero el Perú de Alan García muestra que es remontable, si aparecen las ganas y muestras de querer ganar reputación. Aquí más bien fue al revés. Por ejemplo, tanto el Gobierno como el ex ministro Lavagna se adjudicaron la paternidad de una reestructuración de la deuda pública que no ha tenido final, ni con bonistas ni con gobiernos. La Argentina no ha podido financiarse más allá del mercado local (¿voluntario?) y Venezuela. Además, está la desconfianza externa que sembró la deuda en CER; el incumplimiento de los contratos de exportación de gas, trigo y carne; la alteración de la ley de estabilidad tributaria de la minería, y la falta de un marco regulatorio definitivo para las empresas proveedoras de servicios públicos. No fueron rupturas contractuales masivas como las históricas pero no recuperan una credibilidad que venía dañada.

Una segunda respuesta es la "relativización de los resultados". Dos puntales del programa argentino, el superávit fiscal y externo, son avances extraordinarios para nuestra historia, pero, puestos en el contexto latinoamericano de "todos tienen superávit", dejan de ser una norma de calidad exclusiva de la Argentina. Todas las economías de la región crecen, tienen superávit fiscal y elevado nivel de reservas internacionales. No se trata del fenómeno chileno de los 80 y su democracia de los 90 que, "solito, contra viento y marea", lo distinguía del resto. Hoy tener buenos resultados y buenos fundamentos macroeconómicos es lo mínimo que hay que mostrar para no quedar fuera del club, es condición necesaria pero no suficiente para lucir menos riesgoso.

La tercera respuesta sobre por qué se desconfía de la Argentina es la tasa de inflación alta. El "consenso mundial" considera sostenible en el tiempo que una economía crezca un 5% por año con una inflación de 5%, a que crezca 8% con una inflación de 25%. La combinación argentina (o la venezolana) es considerada riesgosa a mediano plazo. Las "tasas chinas" de altísimo crecimiento con baja inflación son un bicho raro en el mundo, muy difícil de explicar y emular. No hay país siquiera pretendiéndolo. A la Argentina, el rápido y fuerte rebote post 2001-2002, viniendo de las "híper" recesión, deflación y desempleo, la confundió sobre el arte de lo posible. Por otro lado, aún con "agroinflación" no es común la inflación de dos dígitos.

Cuarto, la Argentina se ha ido aislando del mundo. La estrategia de "vivir con lo nuestro" no es la mejor en un mundo superlíquido, con una demanda firme y precios internacionales récord, como fue 2004-2007. Aislarse genera desconfianza en el resto del mundo. Esto va más allá de la leche, la carne o el trigo. Por ejemplo, se desaprovechó un escenario de alta liquidez internacional para diseñar seria y complementariamente un mercado de capitales local. Se ha hecho gala de que el financiamiento de estos años "fue la propia rentabilidad empresaria" y que entonces no hacía falta. No se trata de que los bancos "dejen de prestar para el consumo", sino del diseño, que incluyera al propio sistema bancario, de un mercado de inversión para sostener y financiar el crecimiento sin inflación, que aprovechara las extraordinarias condiciones internacionales.

En materia de productos, la suba de precios de exportación para el país ayudó al programa, pero, como se ve en estos días, se le ha transformado en un verdadero martirio. El mundo ve a los países productores de alimentos y materia prima como grandes ganadores de este período histórico; y, por supuesto, la Argentina está entre ellos. Sin embargo, a diferencia de cómo lo han tomado Uruguay, Brasil o Chile, aquí se ha vuelto un verdadero problema, aun sabiendo que su producto estrella, la soja, no tiene prácticamente consumo en el pueblo argentino y, por lo tanto, en el costo de vida. Se han restringido las exportaciones y se ha desincentivado la producción de alimentos. De manera tal que se ha creado incertidumbre aun en el rubro en el que el país es claramente ganador, y la suba de precios internacionales terminó trayendo problemas.

Finalmente, también genera desconfianza el rumbo económico elegido y la organización económica vigente. La Argentina luce, a los ojos del mundo y también de gran parte de los propios argentinos, cada vez más lejos del grupo formado por Brasil, Chile, México, Colombia, Perú y Uruguay, y más cerca del grupo de Venezuela, Bolivia y Ecuador. La línea divisoria está bien marcada. Lo de dos pelotones se ha hecho mucho más evidente después del burocrático (ya lo habían determinado la realidad y los mercados) investment grade de Brasil. Dado que, históricamente, en el concierto mundial Brasil y la Argentina han sido tomados como socios y considerados los dos "grandes" de América del Sur, el despegue brasileño deja mucho más al descubierto el rumbo diferente que tomó la Argentina. O sea, como se ha visto, la mayoría de los países de la región optó por subirse al tren del mundo que los "llevaba solito".

En síntesis, más allá de la buena performance numérica del programa, hay temor y desconfianza por factores internos, externos y mixtos. La propia historia argentina, la relativización de algunos resultados comunes al resto de los países, la alta inflación, el aislamiento internacional y el tomar distancia del rumbo y de la organización económica del resto de la región hacen que la economía argentina esté en un escalón de riesgo más alto que el resto de las economías emergentes.

Por supuesto lo anterior es modificable. Requiere vocación y decisión.

Por Carlos Melconian
Para LA NACION
El autor, economista, es director de M&S Consultores.

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