"Europa no es el Eldorado." Con esa frase, mencionada en un documento del gobierno francés, el presidente Nicolas Sarkozy pretende frenar el arribo de inmigrantes ilegales tanto a su país como al continente. El proyecto será presentado en julio, cuando Francia asuma la presidencia de la Unión Europea. A él se opone el presidente de España, José Luis Zapatero, cuya propuesta consiste en reforzar el control de las fronteras, realizar una selección de las personas que quieran sumarse al mercado laboral europeo y agilizar las expulsiones cuando correspondan.
Con mayor o menor énfasis, Europa procura frenar la inmigración. Sin embargo, en las últimas semanas, episodios de violencia muy crueles de los que fueron víctimas grupos de inmigrantes han reactualizado la presencia de un mal designado con palabras que duelen, como xenofobia, racismo y discriminación.
El primero de los términos -más adecuado en los casos recientes- alude a "la aversión, repugnancia y odio hacia el extraño o extranjero". El racismo es una concepción opuesta a la mezcla de razas: considera que la humanidad está dividida en razas superiores e inferiores, y sostiene que el desarrollo de la sociedad depende de la pureza y predominio de la raza superior. Planteada esta doctrina en el siglo XIX, adquirió virulencia en la Alemania nazi y se convirtió en una política activa hasta los extremos del fanatismo inhumano que se encarnizó en el genocidio judío. La tercera palabra, "discriminar", se refiere, en primera instancia, a una operación intelectual que consiste en distinguir y separar y, en un segundo sentido, se utiliza para expresar un proceso de segregación y exclusión de derechos a quienes son objeto de separación.
Es de lamentar que la grave cuestión social implicada en esas palabras se mantenga viva y cobre valor periódicamente. En las últimas décadas han sido objeto de rechazo y violencia los grupos de inmigrantes clandestinos (por lo tanto, indocumentados) que han buscado trabajo en otros países o regiones. Las puertas de la tolerancia se cerraron para quienes ingresaban ilegalmente.
Ningún país importante y atractivo por su desarrollo dejó de ser meta de una inmigración ilegal. Sólo los asentamientos de refugiados, por razones de persecuciones políticas o por haber padecido catástrofes naturales, fueron aceptados como expresión de políticas humanitarias. En consecuencia, ante los migrantes se abrió el duro dilema de acceder a una integración difícil de lograr o volver adonde no encontraban posibilidades de subsistir.
Al término de la Segunda Guerra Mundial se creyó que las doctrinas racistas y los actos xenófobos habían caducado. No fue así. En la década del setenta, reaparecieron en Europa. Las políticas que promovían el rechazo y la expulsión de los inmigrantes estuvieron vigentes en las plataformas de numerosos partidos.
Los indocumentados fueron vistos como competidores laborales, como vecinos indeseables y como potenciales delincuentes. Los detonantes actuales de los actos xenófobos han sido la desocupación, como ha ocurrido en Sudáfrica; el temor al poder creciente de los núcleos de extranjeros con alta natalidad, y la reactivación de cierto racismo, como ha ocurrido contra los gitanos, en Nápoles.
El gobierno italiano ha señalado que las redadas policiales en gran escala, en las que fueron detenidos numerosos rumanos y africanos, sólo se han efectuado por razones de seguridad y no expresan propósitos adversos contra ninguna etnia.
Con pesar, se advierte que aun pueblos que mucho sufrieron por cuestiones raciales, como es el caso de Sudáfrica, no están exentos de un rebrote de xenofobia a pocos años de haber concluido la injusticia del apartheid . En verdad, el odio actual al inmigrante se alimenta de los problemas de una población mundial creciente para la cual no hay suficiente oferta de trabajo ni de oportunidades de desarrollo. Esas necesidades insatisfechas reabren los viejos canales del odio racial. Mucho debe hacerse para controlarlo en lugar de exaltarlo, por más que Europa insista en no pretender que la confundan con la ciudad de oro que inspiró la leyenda de Eldorado.
Fuente: La Nación
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