El aumento de los precios mundiales de los alimentos básicos presenta dos caras bien definidas. Por un lado, genera inquietud y preocupación por su impacto en naciones de muy bajos ingresos, deficitarias en alimentos. A ese numeroso grupo de naciones y sectores se refieren las manifestaciones de las Naciones Unidas, del Banco Mundial, de la FAO y ONG que procuran instrumentar y financiar programas de ayuda.
Por otro lado, existe un grupo de naciones productoras y exportadoras de alimentos que, luego de sufrir varias décadas de precios declinantes de sus exportaciones, ahora recuperan terreno y vislumbran un escenario favorable para sus agricultores y para toda la sociedad, motivado por sus mayores ingresos externos. Tan duradero había sido el lapso en el cual los precios agrícolas mundiales resultaron declinantes, que dio lugar a la creencia de que se estaba en presencia de un deterioro sistemático de los términos del intercambio entre estos productos y los bienes industriales de base no agraria.
Los motivos del incremento de los precios mundiales de las materias primas utilizadas para la fabricación de alimentos se explican por el aumento de la población mundial, que a la vez está logrando crecimientos notables de sus ingresos como es el caso de China e India, dos naciones que en conjunto representan el 40 por ciento de la población mundial.
Los principales rubros en expansión son el trigo, el maíz, la soja, la colza, el arroz, los lácteos y las carnes en general, los cuales no solamente reciben el impacto del crecimiento por la mayor capacidad de compra de vastas mayorías, sino que buena parte de sus insumos son esas mismas materias primas utilizadas en la alimentación de los animales. Otra razón de la presión sobre los precios de los alimentos es la decisión de un importante grupo de naciones que impulsan programas de producción de biocombustibles sobre la base de la utilización de maíz y caña de azúcar para producir etanol, y de oleaginosas para elaborar biodiésel. Estos programas, que restan tierras para la producción de alimentos, procuran reducir la presión sobre los precios del petróleo y acotar la dependencia de fuentes de petróleo y gas, consideradas poco confiables.
Entre las naciones más beneficiadas por los altos precios mundiales de los productos del campo se encuentra la Argentina, acompañada por los tres socios del Mercosur, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Canadá y, en ciertos aspectos, la Unión Europea. Todos ellos están sacando buen partido de la situación, con excepción de nuestro país, que no ahorra medidas destinadas a reducir sus exportaciones, lo cual crea una maraña de disposiciones y subsidios cruzados que han llevado a un enfrentamiento con el sector más sano, eficiente y competitivo de la economía, y ha comprometido el crecimiento productivo.
Abrir la economía dando mejor curso a las exportaciones del campo no significa de ninguna manera olvidar las necesidades de un importante número de compatriotas para quienes los mayores precios de los alimentos representan una carga imposible de llevar.
Lo que venimos pregonando desde estas columnas es la conveniencia de atender a estas necesidades mediante la asignación de tarjetas o vales alimentarios gratuitos.
Esto permitirá utilizar la inmejorable oportunidad que nos presentan los mercados mundiales para generar crecimiento y bienestar colectivo. El incremento de la producción agrícola y de la economía mediante recursos que nuestros hombres de campo han demostrado conocer al dedillo nos permitirá no solamente sostenerlo, sino ocupar lugares en el comercio mundial en circunstancias propicias y, tal vez, irrepetibles.
Fuente: La Nación
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