miércoles, 9 de enero de 2008

A mayor poder del gobernante, mayor es la probabilidad de que se equivoque.

PARECE increíble. Presidentes y primeros ministros poderosos, casi invencibles, cometen errores a veces infantiles que llevan a sus países a grandes fracasos o a pérdidas de tiempo. Los ejemplos abundan: George Bush, Tony Blair, Felipe González, Charles de Gaulle, Nixon, Menahem Begin, Bill Clinton, Hugo Chávez o, en nuestra historia, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón, Carlos Menem y otros tantos… Y ni que hablar de los errores que cometieron dictadores como Hitler, Mussolini, Mao, Stalin, Saddam y, en nuestra área, Videla, Pinochet, Salinas, etcétera.

En este sentido, la gran ventaja de las democracias es que permiten corregir los errores con menos dolor (finalmente, nuestro corralito fue menos costoso que la Guerra de las Malvinas o los desaparecidos).

Estos gobernantes no han sido ni tontos ni débiles. Quien haya intentado alguna vez ser jefe de un gobierno sabe muy bien lo extremadamente difícil que es acceder al poder. De hecho, llegan muy pocos y, además de cierta fortuna (de cualquiera de los dos tipos), se requiere un enorme talento político. No llegan los idiotas, sino los hábiles, los sagaces, los astutos y los inteligentes. ¿Y por qué después algunos cometen errores serios?

Hay equivocaciones que son tácticas y hay otras de largo aliento. Chávez acaba de perder su referéndum. Este es un error táctico que le puede costar, a la larga, el puesto. Pero sus reservas de ochenta mil millones de barriles de petróleo a 90 dólares el barril le permite disimular errores estratégicos de política económica que podrían ser costosos para su país.

Los errores tácticos son fáciles de discernir; los estratégicos, no. Una política inicial exitosa puede ocultar otra de largo plazo que resulta fallida.

Hitler fue muy exitoso en leer el descontento del pueblo alemán y exaltar su nacionalismo. Sin embargo, se embarcó en un delirante genocidio y en una guerra que, abriendo muchos frentes, difícilmente hubiera podido ganar.

Blair leyó muy bien el deseo británico de la nueva tercera vía, pero luego cometió un error catastrófico en Irak.

Lo que siempre se observa es que los gobernantes que lograron llegar al poder de repente se ciegan y comienzan a perder contacto con la realidad. Se rodean de condescendientes que reciben sus premios en función de la lealtad exhibida. Y dejan de estudiar los problemas con la agudeza de antaño debido a la fuerza de la coyuntura.

Algunos dicen que es la soberbia de los gobernantes la que los lleva a cometer errores. Al fin y al cabo, han tenido que transitar un tortuoso camino hasta el poder, y el haber llegado les da una suerte de aprobación respecto del camino escogido. Pero la ceguera y la soberbia son más bien síntomas de un problema estructural mayor; no son su causa.

Existen por lo menos tres razones fuertemente interconectadas que explican este tipo de fracasos: el poder, el éxito y la amenaza.
LANACION.com | Opinión | Miércoles 9 de enero de 2008

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