Rigurosamente incierto
sábado, 20 de octubre de 2007
Solo deberían votar los educados
Peribáñez, titular de la cátedra de lenguas viperinas de la Universidad de Villa Hedionda, exuda este preconcepto: “Muchos ciudadanos votarán por la doctora Cristina por considerarla intelectualmente interesante y portadora de atractivo continente, en tanto que muchas ciudadanas, acaso privadas de esos dones, le negarán el sufragio por puro resentimiento. Más que la ideología –teorizó–, ciertos procelosos mecanismos de la mente suelen poner proa o popa a la conducta cívica. ¿Qué tal les cae a ellas ese mechón canoso de Ricardo López Murphy? ¿Les resulta sexy la eminente y casi sarmientina calva de Roberto Lavagna? Por su parte, ¿cuántos varones le ofrendarán su voto a Lilita Carrió, magnetizados por el hecho de que es nuestra Gioconda rubia, a la que se adivina picarona en cuanto luce su enigmática sonrisa?” Si estas incógnitas son válidas, entonces vienen a cuento las afirmaciones que el ecuatoriano Jaime Durán Barba, “asesor estrella de Mauricio Macri” (así presentado), deslizó a La Nacion del 12 de agosto: “Los electores no votan con la cabeza, sino con el corazón, el hígado y el estómago. Se mueven –dijo– por simpatías, sentimientos y necesidades. Nadie asiste a un debate para decidir su voto”. Y el politicólogo Rosendo Fraga convalidó tal aserto: “Desde que la televisión se ha convertido en el gran teatro de operaciones de la política, la imagen y los gestos importan más que las palabras”. En resumen: no hay sistema como el democrático para enaltecer la calidad de las instituciones republicanas, pero, como bien dice Peribáñez, “hay que educar al pueblo soberano para que esa consigna se cumpla. ¿Y quién puede educar al pueblo soberano? Sólo las instituciones republicanas de calidad enaltecida. ¿Se dan cuenta? Es el cuento de la buena pipa”.
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