
Las mujeres conforman la mitad de la humanidad, y si bien dentro de esa pluralidad cualquier generalización resulta inapropiada, al menos en un punto la coincidencia es unánime: el complejo y a veces contradictorio universo femenino resulta una cantera mucho más estimulante al momento de escribir que bucear en el género opuesto, al que ven como un horizonte mucho más ramplón, árido en matices, mezquino en sorpresas y, en el fondo, literariamente menos interesante.
Así piensan cuatro mujeres de letras, profesionales emancipadas de prejuicios y ataduras, que se animaron a desarrollar su vocación en el siempre difícil campo artístico, además de repartirse entre un rosario de demandas propias del género, como son la dedicación a los hijos, maridos o amantes (actuales o futuros), las exigencias del hogar, la supervivencia económica y el propio desarrollo intelectual y profesional.
Las voces de la poeta Liliana Lukin (51 años, separada, madre de dos hijos), de la dramaturga y directora de teatro, Susana Torres Molina (60 años, casada, madre, abuela y bisabuela), de la actriz y escritora Vera Fogwill (33 años, soltera, sin hijos) y de la narradora de ascendencia germano-japonesa Anna Kazumi Stahl (41 años, casada, madre de una hija recién nacida) se suman a las de otras 14 autoras en un proyecto común: poder volcar sus vivencias personales y abordar la identidad femenina desde relatos ficcionales o autobiográficos en el libro “No somos perfectas” (Del Nuevo Extremo), en el que también participan, entre otras autoras, Angélica Gordischer, Liliana Escliar y Liliana Felipe.
Tropiezos
La convocatoria de la escritora y editora Mori Ponsowy apuntó a poner en palabras los tropiezos que debe superar la mujer en su búsqueda de libertad, donde siempre se trata de acortar el margen a los renunciamientos y minimizar los “efectos colaterales dañinos” para el alma y el espíritu.
La apuesta de escribir para mujeres –y para quienes se interesen por la condición femenina– resultó en un doble desafío: hubo que desentrañar e interpretar el insondable y cambiante universo femenino primero para luego poder seducir con la intimidad de un pensamiento expresado en voz alta; soltar confesiones y ocurrencias para cimentar un gran prisma como espejo de la mujer actual.
“Pensé en un diálogo entre mujeres con múltiples voces”, dice Ponsowy acerca origen del libro; “para nosotras es un recorrido intimista donde asoman las mil aristas del alma femenina, aquella que quiere casi todo sin resignar su libertad”, sentencian las cuatro autoras reunidas por LA NACION.
Si bien lo más arduo de la revolución femenina ya pasó, evalúan con una frase inequívoca los costos de esa conquista: “La vida se complica a medida que ganamos libertad”.
Y, al margen de toda queja, enumeran las incesantes batallas contra la optimización del tiempo; la repartición entre múltiples tareas; la ambición de poder destacarse en lo que eligen, de ser reconocidas en su labor; la ambivalencia de querer estar solas y desear a la vez estar acompañadas; lo agria que puede resultar la convivencia, y lo efímeras, a veces, que resultan las elecciones para toda la vida. Pero además, son mujeres que pugnan para que el espejo les devuelva una imagen agradable de sí mismas, mientras que algunas no soslayan que son las únicas proveedoras del hogar y que ahí, “sí o sí, no se puede fallar”.
“Toda mujer se define y construye a partir de las elecciones que hace. Pero siempre poder elegir es un gran privilegio”, acota Torres Molina, y ese axioma introduce una suerte de declaración de principios: las cuatro, dicen, siempre antepondrán su vocación y sus deseos frente a algún otro atajo más redituable. Y con ello subrayan el “elemento distintivo frente hombre”.
Elecciones clave
“La vida de una es producto de sus elecciones, que siempre son clave y bien difíciles. Hoy, yo hago lo que me gusta hacer y por eso tengo que ajustar muchísimo mi presupuesto –añade Torres Molina, cuyas elecciones, aunque puedan ser mal remuneradas, se orientan a todo aquello que le signifique un crecimiento–. Si no, prefiero quedarme en mi casa. No me gusta que mi trabajo sea mal remunerado o poco valorado y eso sucede más a menudo de lo que querría.”
Fogwill siente “un desapego total” por lo material. “Recibo mucho justamente por eso. Hay que tratar de vivir cada vez con menos cosas para concentrar los esfuerzos en uno y no en los objetos”, desliza como antídoto ante la presión social de “poseer”.
“Yo quiero todo lo que me alimenta espiritualmente –interrumpe Lukin–, pero poder procurármelo es un laburo bárbaro. Y como me lo he procurado en las condiciones más adversas, sé lo que es ese peso en la nuca.”
Kazumi Stahl se pregunta por quienes constituyen hoy los referentes de la mujer, indaga en la disyuntiva de pertenecer a más de un mundo cultural a partir de sus propias raíces japonesas y germanas y lo resume de esta forma: “Nuestras madres ya no son el único espejo; también nos identificamos con nuestros padres, con una tía soltera y con aquel ser díscolo que va a contracorriente de todo”. Como escribe Romina Duval en el libro, “es lógico, entonces, que el resultado de esa identificación escape a toda lógica”.
En el terreno de las prioridades, la satisfacción amorosa figura bien arriba – “siempre que amar no signifique perder libertad”–, y aunque surjan ocurrencias como éstas: “Una debería convivir con sus amigos y compartir los momentos gratos con su pareja. De esa manera, se asegura una convivencia armónica. Lo ideal es tener dos departamentos, uno al lado del otro”, suelta risueña Torres Molina. Y Fogwill redobla la apuesta: “No entiendo el casamiento, ni la concepción de tener una familia, ni tampoco la felicidad de un hijo propio. Tampoco la felicidad de comprarse un auto o una casa. No apoyo el festejo del que se recibe porque es como una aceptación de la ignorancia. La familia es un obstáculo en general”, sostiene desde una filosofía provocativa, que no prescinde del amor.
Quizás el axioma más iconoclasta que presente el libro sea aquel ya expresado por Rimbaud: “El amor debe ser otra vez inventado”.
Y en ese punto sí la coincidencia es absoluta junto con la certeza de que “los moldes propuestos por nuestras madres han quedado deshechos y no nos ha quedado más remedio que inventar otras formas nuevas de ser mujer”.
Por Loreley Gaffoglio
De la Redacción de LA NACION

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