
El Dalai Lama, líder espiritual del budismo tibetano, afirmó que “no tiene sentido decir que una religión es mejor que otra” y que el mundo necesita una espiritualidad laica, no religiosa sino basada en valores como el amor y la compasión.
En un inglés combinado con tibetano, dijo que es mejor no cambiar de religión y continuar con la tradición espiritual que se ha recibido. “Las enseñanzas deben adaptarse a las disposiciones mentales de cada individuo”, dijo el premio Nobel de la Paz de 1989, otorgado por la lucha en defensa de su país, Tíbet, que fue ocupado por China en 1959.
–¿Por qué sugiere no cambiar de religión, está advirtiendo sobre algún riesgo?
–He visto a algunos amigos que se convirtieron del cristianismo al budismo y que en el momento de la muerte tenían un estado mental de confusión. En términos generales no estoy a favor de la conversión; cada tradición tiene su método peculiar y único. Lo que realmente necesitamos es una ética secular, una espiritualidad laica, no religiosa.
–¿Cómo sería?
–Una ética secular que no rechace las religiones, sino que esté sustentada en las cualidades innatas del ser humano. No es necesario ser religioso para ser una persona moralmente ética. El amor y la compasión, por ejemplo, no tienen por qué estar relacionados con una religión. La idea es que podamos vivir en armonía y convivir sin problemas.
–En cambio, hoy se exacerba el individualismo. En este contexto, ¿cómo puede un padre asegurar la felicidad de su hijo?
–¡Es que ése es el trabajo de padre, es lo que un padre tendría que hacer! Si el padre es muy individualista, el hijo también lo será y los dos serán infelices. Si el padre se preocupa por el bienestar de su hijo, ambos serán felices porque se rompe el individualismo y el hijo responderá de la misma manera. Si se extiende este razonamiento –la preocupación por el bienestar de los demás– hacia todo el sistema social, toda la comunidad puede ser feliz.
–Usted es un hombre alegre, ¿cuál es la fuente de la alegría y cómo no perderla? –Depende en gran medida de nuestra actitud, y ésta es algo que se puede entrenar pero surge más que nada por convicción. Una actitud compasiva incrementa la alegría, pero también tiene que ver con el sufrimiento. Si se sabe que la condición humana está marcada por el sufrimiento se tiene una respuesta más liviana cuando éste aparece, y cuando hay una experiencia de felicidad tampoco se conmueve mucho porque se sabe que va a cambiar.
En un inglés combinado con tibetano, dijo que es mejor no cambiar de religión y continuar con la tradición espiritual que se ha recibido. “Las enseñanzas deben adaptarse a las disposiciones mentales de cada individuo”, dijo el premio Nobel de la Paz de 1989, otorgado por la lucha en defensa de su país, Tíbet, que fue ocupado por China en 1959.
–¿Por qué sugiere no cambiar de religión, está advirtiendo sobre algún riesgo?
–He visto a algunos amigos que se convirtieron del cristianismo al budismo y que en el momento de la muerte tenían un estado mental de confusión. En términos generales no estoy a favor de la conversión; cada tradición tiene su método peculiar y único. Lo que realmente necesitamos es una ética secular, una espiritualidad laica, no religiosa.
–¿Cómo sería?
–Una ética secular que no rechace las religiones, sino que esté sustentada en las cualidades innatas del ser humano. No es necesario ser religioso para ser una persona moralmente ética. El amor y la compasión, por ejemplo, no tienen por qué estar relacionados con una religión. La idea es que podamos vivir en armonía y convivir sin problemas.
–En cambio, hoy se exacerba el individualismo. En este contexto, ¿cómo puede un padre asegurar la felicidad de su hijo?
–¡Es que ése es el trabajo de padre, es lo que un padre tendría que hacer! Si el padre es muy individualista, el hijo también lo será y los dos serán infelices. Si el padre se preocupa por el bienestar de su hijo, ambos serán felices porque se rompe el individualismo y el hijo responderá de la misma manera. Si se extiende este razonamiento –la preocupación por el bienestar de los demás– hacia todo el sistema social, toda la comunidad puede ser feliz.
–Usted es un hombre alegre, ¿cuál es la fuente de la alegría y cómo no perderla? –Depende en gran medida de nuestra actitud, y ésta es algo que se puede entrenar pero surge más que nada por convicción. Una actitud compasiva incrementa la alegría, pero también tiene que ver con el sufrimiento. Si se sabe que la condición humana está marcada por el sufrimiento se tiene una respuesta más liviana cuando éste aparece, y cuando hay una experiencia de felicidad tampoco se conmueve mucho porque se sabe que va a cambiar.

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