jueves, 26 de abril de 2012
La gesta colectiva de un futuro común
Por Martín Lousteau | Para LA NACION
Últimamente se han hecho habituales los elogios a la primera mitad de la década del '70: un tiempo supuestamente idílico, en el que una sociedad igualitaria se animaba a ir más lejos, más alto, persiguiendo sus ideales con una dosis incomparable de valentía. Si la línea temporal fuera un dial de radio, ésa es la estación desde la cual le encanta transmitir al Gobierno nacional: en muchas de las medidas y discursos se puede apreciar una reivindicación, a veces más sutil y otras más explícita, de aquellos años.
Sin embargo, aunque es cierto que su antena parece hoy tan potente que opaca a otras transmisiones, los ´70 no son la única emisora. Moviéndose un poco más a la izquierda o hacia atrás en el tiempo se pueden sintonizar también los ´60. Y vale la pena prestar atención a su sonido. Fueron años de un verdadero desarrollo, en los que nuestro país volvió a recuperar parte del terreno perdido frente a las naciones más industrializadas. Argentina se encontraba a la cabeza de la región y gozaba de un lugar en el mundo, obtenido en base a su propia identidad, con presidentes globalmente reconocidos, que podían, por ejemplo, reunirse con Kennedy o el Che Guevara y no por meras ansias de figuración. Montados sobre las conquistas sociales de las décadas anteriores, se fraguó una sociedad igualitaria y moderna, con prestigiosos sistemas educativos y de salud. Existía una cosmovisión en base a la cual, el Estado planificaba y actuaba, erigiéndose así en el representante y garante de un destino común. Lo cual, certificaba nuestra condición de Nación.
La gran disyuntiva de nuestros tiempos parece ser la de cómo salir del individualismo para volver a la gesta colectiva de un futuro común
Su impronta llegó a influenciar el crecimiento de los primeros años de la década del ´70. Pero aquel sueño colectivo de una sociedad moderna e igualitaria fue desprestigiado por una supuesta "juventud maravillosa" que pretendió cincelarlo a su antojo y por la fuerza. Caímos así en una pesadilla de excesos, tiros, violaciones a los derechos humanos y asesinatos masivos, de la que ya no despertamos todos juntos sino en soledad, cada uno atado a su cama y en pequeñas esferas de individualismo. Esta concepción egoísta de la vida social comenzó con el golpe del '76 y terminó haciendo crisis en 2001.
Una ventana de oportunidad para alterar esta tendencia se abrió en 2003. Poder retomar la senda de un crecimiento vigoroso fue muy significativo para "recuperar la autoestima de los argentinos", como solía decir el presidente Kirchner. De hecho, el período desde entonces hasta la actualidad constituye el tercero más exitoso en cuanto a desempeño económico de nuestra historia, detrás de 1903-1910 y 1918-1925.
El aumento de la actividad económica es, sin lugar a dudas, fundamental, pero no lo es todo. En estos años, y como ilustró alguien hace poco, los argentinos hemos mejorado sustancialmente nuestra situación hacia dentro de nuestras casas. Antes, el jefe de familia estaba desempleado, los hijos no asistían a clases y hasta podía faltar comida. Hoy, en casi todos los hogares el sostén trabaja, los niños estudian, la familia se puede tomar vacaciones, la casa está más equipada y, quizás, hasta remodelada. Una transformación a todas luces excepcional. Sin embargo, de las puertas hacia fuera no hubo mejoras similares y, en algunos ámbitos, hasta se ha retrocedido. Nuestra interacción social es tosca, la capacidad de convivencia es pobre, el diálogo y la tolerancia son mínimos, la política permanece degradada, los espacios públicos no se han recuperado para el uso social debido a la inseguridad, la salud y la educación no experimentaron cambios, y la infraestructura física -tanto social como productiva- continúa siendo deficitaria. Lamentablemente, aunque pretendamos esconderlo con otras cifras, lo que ocurre una vez que salimos de nuestros hogares es tan importante cómo la situación interna.
La reconstrucción no puede venir de la mano de un Estado medroso o sumiso a otros intereses. Pero tampoco de uno prepotente, ineficaz, arbitrario, ciclotímico, corrupto y poco riguroso
La gran disyuntiva de nuestros tiempos -tanto aquí como en otros países- parece ser precisamente la de cómo salir del individualismo para volver a la gesta colectiva de un futuro común. En cómo se da ese debate y cómo se recrean los instrumentos necesarios para tal fin residirá la clave del éxito. La reconstrucción no puede venir de la mano de un Estado medroso o sumiso a otros intereses. Pero tampoco de uno prepotente, ineficaz, arbitrario, ciclotímico, corrupto y poco riguroso. Si no somos serios en la acción estatal, si no aprendemos de una vez a controlar y administrar, la discusión acerca de la propiedad pública o privada de ciertos bienes termina siendo de corto alcance y escasa relevancia.
Lo conseguido en estos años resulta enormemente meritorio y es parte del patrimonio social pero no basta. Para avanzar en la dirección correcta precisamos recuperar la ilusión del porvenir común y actuar para darle un sustento. No es desde la cerrazón, la soberbia y la imposición que se alcanza ese objetivo. Hace casi cuarenta años el engreimiento, la omnipotencia y la exclusión del otro abortaron sueños colectivos laboriosamente construidos. Que no nos vuelva a ocurrir.
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