Todos los intentos de las autoridades japonesas de aventar temores y evitar el pánico han fracasado. La situación está "fuera de control", según el comisario europeo de Energía, Günther Öttinger. Es imperioso hacer votos por la pronta recuperación de un país que, en cuestión de horas, ha padecido el mayor terremoto de los últimos 140 años, un tsunami con olas de 10 metros de altura y la amenaza de una catástrofe nuclear que obliga a otros países -entre ellos, la Argentina con sus dos reactores y la intención del actual gobierno de tener más- a replantearse la viabilidad de esta fuente de energía.
En Japón, cientos de miles de personas se han visto afectadas en los últimos días por la catástrofe iniciada el viernes con su secuela de muerte y destrucción. El drama humanitario resultó bien cubierto, más allá de la escasez de agua, alimentos y combustible, por el entrenamiento propio de una población cuyo país se ve siempre al acecho de temblores. El otro drama, el nuclear, es la veta abierta cuyos efectos nocivos para la salud y el ambiente aún no pueden determinarse por el tenor de las emisiones de radiactividad y, a la luz de tragedias parecidas, su posible daño tanto en la actual generación como en las posteriores.
Esta increíble consecuencia del violento movimiento subterráneo y su correlato de olas capaces de arrastrar pueblos enteros y sepultar bajo sus fauces todo aquello que se interpusiera en su camino es ahora motivo de debate mundial y, mientras tanto, de medidas preventivas en países que, como Rusia y Alemania, disponen de reactores. Otros, como Italia, aún no han tomado la decisión de suspender sus proyectos sobre el desarrollo de ese tipo de energía. Y otros, como Chile, ven en las sucesivas explosiones de la central de Fukushima un enorme riesgo frente a la posibilidad de padecer la misma secuencia que Japón.
Las radiaciones nucleares pueden causar enfermedades de gravedad según el grado de exposición, como cataratas, hemorragias, cáncer e, incluso, problemas cardiovasculares e inmunitarios. Saben de ello los japoneses, lamentablemente, por haber sido víctimas de las patologías derivadas de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki.
Lo único positivo que ha quedado después de una desgracia cuyo costo en vidas es todavía incalculable reside en el entrenamiento que tenían los japoneses, así como la preparación de sus edificios, con abrazaderas adicionales de acero, gigantescas plataformas de goma y amortiguadores hidráulicos, para no desplomarse como las endebles casas de Haití en ocasión de su propio terremoto. A ello hay que sumarles los frecuentes simulacros de sismos y tsunamis, a los cuales estaba acostumbrado el ciudadano medio. Después del terremoto de Kobe, en 1995, las autoridades japonesas han invertido fortunas en la protección de personas y estructuras; entonces murieron 6000 personas y 26.000 resultaron heridas.
El tsunami de solidaridad, posterior a la catástrofe, ha arribado a las costas de Japón desde todas las latitudes, incluida la Argentina. Es necesario que esa corriente persista mientras perdure la emergencia. En este caso, al margen del impacto en la economía mundial, Japón requiere sentirse contenido y acompañado frente a una calamidad que, dada su magnitud, necesitará generaciones para ser superada. Es en estas penosas circunstancias cuando se sabe quiénes son los buenos amigos. Hacemos votos para que la Argentina sea capaz de mostrar toda su generosidad y para que un pueblo amigo como el japonés, al cual nos unen lazos de afecto y cooperación, pueda curar sus heridas, alzar su frente y superar este duro trance.
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