Ambas alternativas parecen iguales, pero no lo son. Enfrentar el problema del cambio climático requiere reducir la emisión de dióxido de carbono procedente de los combustibles fósiles, circunstancia que, a su vez, implica elegir opciones tecnológicas, algunas de las cuales ya existen y muchas más que deben ser desarrolladas. Por ejemplo, las usinas de carbón, en el caso de que sigan siendo una parte importante de la producción energética, deberán capturar y almacenar el CO2, un proceso denominado "captura y secuestro de carbono", o CCS, según sus siglas en inglés, para abreviar. Sin embargo, aún no se ha probado esta tecnología.
De manera semejante, necesitamos que haya confianza pública en una nueva generación de poder nuclear, cuyas plantas sean seguras y controladas de manera responsable. Necesitaremos nuevas tecnologías para movilizar energía solar, energía eólica y energía geotermal en gran escala. Podríamos tratar de probar con los biocombustibles, pero sólo de maneras que no compitan con el abastecimiento de alimentos ni amenacen preciosos valores del medio ambiente.
Y la lista sigue. Necesitamos mejorar la eficiencia energética, por medio de "edificios verdes", y electrodomésticos más eficientes. Necesitamos cambiar los autos con motores de combustión interna por vehículos híbridos, híbridos conectables a enchufes, alimentados por baterías o por pilas de combustible.
Lograr una nueva generación de vehículos eléctricos requerirá una década de asociación entre el sector público y el privado para el desarrollo de una tecnología básica (tal como mejores baterías), un tendido eléctrico más potente, nueva infraestructura para recargar los automóviles, y muchas cosas más. De manera semejante, hará falta una década de inversiones públicas y privadas para demostrar la factibilidad de usinas de carbón que capturen el dióxido de carbono.
La transición a nuevas tecnologías no depende de las negociaciones, sino de la ingeniería, la planificación, la financiación y de los incentivos. ¿Cómo puede hacer el mundo para desarrollar, demostrar y después difundir de la manera más eficaz estas nuevas tecnologías? En los casos en que es improbable que los beneficios lleguen a manos de inversores privados, ¿quién debería pagar por los primeros modelos de prueba, que insumen miles de millones de dólares? ¿Cómo debemos preservar los incentivos privados para la investigación y para el desarrollo mientras nos comprometemos a transferir las tecnologías exitosas a los países en desarrollo?
Todas estas preguntas son urgentes y aún no tienen respuesta. Sin embargo, las negociaciones globales sobre el cambio climático se centran en otro conjunto de problemas. Las negociaciones se refieren primordialmente a cuáles son los grupos de países que deberían reducir sus emisiones, en qué grado, con cuánta rapidez y para qué plazo. Se impone a los países que para 2020 deben haber reducido sus emisiones en un porcentaje determinado, sin grandes debates serios sobre la manera en que puede lograrse esa reducción. Las respuestas dependen, por supuesto, de las tecnologías de baja emisión de las que se dispondrá y de la rapidez con la que pueda empleárselas.
Consideremos el caso de los Estados Unidos. Para reducir significativamente las emisiones, el país debería reemplazar sus vehículos por una nueva flota de automóviles, cada vez más alimentados por electricidad. Estados Unidos también tiene que decidir la renovación y la ampliación de sus plantas de energía nuclear, y el uso de terrenos públicos para la construcción de nuevas plantas de energía renovable, especialmente las que emplean energía solar. Y Estados Unidos necesitará un nuevo tendido eléctrico para llevar energía renovable desde lugares con baja densidad poblacional -como los desiertos del Sudoeste en el caso de la energía solar, y las planicies del Norte en el caso de la energía eólica- a las costas densamente pobladas. Pero todo esto requiere de la existencia de un plan nacional, no simplemente de una meta de reducción de las emisiones.
De manera similar, China, al igual que los Estados Unidos, puede reducir las emisiones de CO2 mediante una mayor eficiencia energética y una nueva flota de vehículos eléctricos. Pero China debe considerar el problema desde el punto de vista ventajoso de una economía que depende del carbón. Las futuras decisiones de China dependen de que "el carbón limpio" pueda funcionar de manera eficaz a gran escala. Así, el futuro de las emisiones en China depende crucialmente de las primeras pruebas de la tecnología CCS.
Un enfoque global verdaderamente creativo sería discutir primero las mejores opciones tecnológicas y económicas disponibles, y cómo mejorar esas opciones por medio de la investigación y el desarrollo preacordados y mejores incentivos económicos. Las negociaciones se centrarían en el rango de opciones disponibles en cada país y en cada región -desde CSS hasta energía solar, eólica y nuclear- y establecerían una agenda tentativa para la producción de una nueva generación de automóviles con bajo nivel de emisión, tomando en cuenta que, tanto la competencia de mercado como el financiamiento público, impondrán el ritmo real de concreción.
Basándose en este esquema fundamental, el mundo podría acceder a asignar los costos que tendría acelerar el desarrollo y la difusión de las nuevas tecnologías de bajo nivel de emisión. Este encuadre global sustentaría los objetivos nacionales y globales de control de las emisiones y controlaría el progreso de las tecnologías de reemplazo. A medida que se prueben las nuevas tecnologías, los objetivos se harían más rigurosos. Por supuesto, parte de la estrategia sería crear incentivos de mercado para las nuevas tecnologías de bajo nivel de emisiones, para que los inventores pudieran desarrollar sus propias ideas con la perspectiva de lograr grandes ganancias, en el caso de que resultaran exitosas.
Acuerdo global sobre el cambio climáticoHay que negociar en serio
Jeffrey D. Sachs
lanacion.com | Opinión | Martes 7 de julio de 2009

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