Resulta doloroso en este momento leer una conferencia pronunciada por Summers a principios de 2000, cuando la crisis económica de la década de 1990 empezaba a disiparse. Al exponer las causas de esa crisis, Summers hizo referencia a las cosas que faltaban en los países en crisis?, cosas que, se insinuaba, Estados Unidos poseía. Esas cosas incluían "bancos bien capitalizados y supervisados" y una contabilidad corporativa confiable y transparente. No me digan.
De paso, digamos que uno de los analistas que Summers citaba en esa conferencia era el economista Simon Johnson. En un artículo del último número de The Atlantic, Johnson, que fue economista jefe del FMI y que ahora es profesor del MIT, dice que las dificultades que vive Estados Unidos "recuerdan sorprendentemente" a las crisis que se produjeron en lugares como Rusia y la Argentina, incluido el papel clave desempeñado por el clientelismo capitalista.
En Estados Unidos, al igual que en el Tercer Mundo, escribe, "los intereses empresariales de la elite ?financiera, en el caso de Estados Unidos? tuvieron un papel central en la creación de la crisis, pues hacían inversiones cada vez más riesgosas, con el respaldo implícito del gobierno, hasta el inevitable colapso.
Más alarmante aún, ahora están usando su influencia para impedir que se introduzcan precisamente la clase de reformas que hacen falta, y rápido, para sacar a la economía de su caída libre".
Ahora bien, para ser justos, debemos decir que Estados Unidos no fue el único país en el que los bancos enloquecieron. Muchos líderes europeos aún siguen negando los problemas económicos y financieros de ese continente. Aun así, es indudable que la crisis le ha costado a Estados Unidos gran parte de su credibilidad, y con ella gran parte de su capacidad de liderazgo.
Y eso es muy malo.
Como muchos otros economistas, he estado revisando la Gran Depresión en busca de enseñanzas que puedan ayudarnos a evitar la repetición de actitudes erróneas. Y una cosa que se destaca en la historia de principios de la década de 1930 es el grado en que la respuesta mundial a la crisis se vio imposibilitada por la incapacidad de cooperar de las más grandes economías del mundo.
Las características de nuestra crisis actual son muy diferentes, pero la necesidad de cooperación no es menor. Obama lo entendió perfectamente la semana pasada cuando declaró: "No queremos una situación en la que algunos países hagan esfuerzos extraordinarios y otros no".
Pero esa es exactamente la situación en la que nos encontramos. Creo que ni siquiera los esfuerzos económicos de Estados Unidos son adecuados, pero son mucho mayores que los que casi todos los demás países ricos se han mostrado dispuestos a realizar. Y por derecho propio, la cumbre del G-20 de esta semana debe ser una ocasión para que Obama reprenda y empuje a los líderes europeos, en particular, a contribuir con su esfuerzo.
Pero en estos días, los líderes extranjeros no están de humor para recibir sermones de los funcionarios estadounidenses, ni siquiera cuando ?como ocurre en este caso? los estadounidenses tengan razón.
La crisis financiera ha tenido muchos costos. Y uno de ellos es el deterioro que ha sufrido la reputación de Estados Unidos, justo en el momento en que nosotros y el mundo más lo necesitábamos.
OpiniónEE.UU., el Madoff de la economía mundial
Paul Krugman
lanacion.com | Exterior | Martes 31 de marzo de 2009

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