Un año atrás, avizorar despidos, suspensiones e incluso un nuevo default de la deuda pública en el horizonte podía ser visto casi como una actitud conspirativa o fatalista. El dinero era barato; no había fuga de depósitos; el dólar estaba quieto; las tarifas del transporte, el gas y la electricidad del área más poblada del país seguían congeladas, y la recaudación fiscal trepaba a paso firme. Había buen ánimo. Todo alentaba a consumir, pese a la creciente inflación.
Un año después de que Cristina Kirchner sucediera a su marido en la presidencia, el consumo comenzó a caer; el crédito prácticamente desapareció; las pymes comenzaron a destruir empleo; algunas facturas de electricidad se quintuplicaron, y muchos argentinos volvieron a abalanzarse sobre el dólar en busca de tranquilidad. El principal problema ya no es una inflación en alza (de hecho, comenzó a moderarse), sino una economía en baja.
La hasta hace semanas subestimada crisis financiera mundial hizo girar el contexto externo 180 grados. Ahora no hay financiamiento, hay menos crecimiento, y la escalada de los precios de las commodities (materias primas), uno de los principales pilares del fenomenal proceso expansivo iniciado en 2002, se convirtió en un estrepitoso descenso.
Al paulatino cambio en el escenario externo -la crisis financiera estalló en el invierno de 2007- se sumaron dos impensadas crisis internas: la de tres meses con el campo por las retenciones móviles, primero, y la desconfianza desatada por la debacle global y exacerbada por la estatización de los fondos de las AFJP, último bastión del proceso de reformas de los 90, después. Todo alentó a ahorrar, y a ahorrar en dólares.
La crisis energética, uno de los principales problemas que enfrentó Néstor Kirchner durante su presidencia, fue más benévola con su esposa. También lo fue, vale decirlo, el clima.
Pero, aun así, el gobierno de Cristina Kirchner imprimió un giro radical en la política de servicios públicos: el Gobierno concedió, por primera vez, aumentos en las tarifas de electricidad y gas de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Restringió el retoque a los usuarios de más alto consumo, quienes vieron en algunos casos cómo sus facturas se multiplicaban por cinco. Pero el ajuste también llegó al bolsillo de los trabajadores menos pudientes con el alza en los boletos de trenes, subtes y colectivos.
El desempleo y la pobreza, que bajaron durante toda la presidencia de Néstor Kirchner, ya no mejoran. Más bien, todo lo contrario, aunque la intervención en el Indec impida que las estadísticas lo reflejen.
Casi todas las decisiones tomadas en el último año giraron en torno de una misma obsesión: cuidar la caja fiscal. Ocurrió con las retenciones móviles, el ajuste de las tarifas (que redujo los subsidios a las empresas), el freno al aumento del gasto público, que congeló transferencias a las provincias para gastos corrientes y obra pública, y la estatización del sistema previsional de capitalización. Incluso con la decisión -inconclusa hasta ahora- de cancelar la deuda con el Club de París o acordar con los holdouts .
Los argumentos oficiales, no obstante, giraron en torno a otro principio: mejorar la distribución del ingreso, o proteger los ingresos y aportes de los trabajadores ante una crisis financiera que, en principio, iba a ser inofensiva para la Argentina.
El aniversario de Cristina Kirchner / Los dilemas económicosDe las "tasas chinas" al riesgo de recesión, en sólo 12 meses
La economía se deterioró por la desconfianza interna, pero también por la crisis global
lanacion.com | Política | Domingo 7 de diciembre de 2008

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