Estamos frente a una crisis internacional que ya ha alcanzado a la economía real de los principales países y se extiende inevitablemente a la Argentina. Hay signos evidentes que presagian una difícil situación socioeconómica y exigen la mayor clarividencia de nuestro Gobierno en el diagnóstico, así como en las soluciones, y que además requerirán todo el apoyo del sector privado y de la sociedad, a través de sus entidades representativas.
Son éstos los momentos en que deben deponerse los pruritos ideológicos y las aspiraciones de poder, tanto desde el Gobierno como desde la oposición. La potencial gravedad de esta crisis debería ser asumida por las entidades empresarias y gremiales para supeditar sus intereses sectoriales al objetivo principal de evitar la profundización de la emergencia económica y social.
Sin embargo, no es eso lo que hasta ahora se percibe. El Gobierno insiste en que la Argentina está en inmejorable posición frente a la crisis y persiste en negar hechos de tal gravedad, como la manipulación del Indec o la corrupción que se manifiesta en frecuentes episodios del dominio público. Las entidades privadas presionan por medidas parciales que atiendan sus objetivos inmediatos, pero sin explicitar propuestas en el marco de un programa integral. La Unión Industrial Argentina pide la devaluación y una mayor protección. La CGT reclama aumento de salarios y nuevas restricciones al despido. El Gobierno carece de un programa económico y ni siquiera encaró la revisión del presupuesto 2009 enviado al Congreso como un proyecto inaplicable ya antes de su sanción.
Tampoco hay, en la práctica, un conductor de la economía a excepción del rol que pueda asignársele al ex presidente Néstor Kirchner en circunstancias que evidentemente superan la capacidad y las posibilidades de cualquier individuo o grupo cerrado.
La crisis financiera internacional se ha extendido a la economía real con signos de recesión y pérdida de empleos. La producción industrial ya muestra reducciones respecto de los niveles de un año atrás en los Estados Unidos, Japón, Canadá y en 12 países europeos. En consonancia con esto, la desocupación ha crecido y se advierte una contracción en el consumo y en el comercio internacional. Estos efectos debían esperarse a partir de la caída en el crédito y por la forzada austeridad provocada por las inmensas pérdidas patrimoniales de los tenedores de valores bursátiles, así como de los propietarios de inmuebles y de los aportantes a los fondos de pensión. De esta forma, el desplome de los mercados financieros está impulsando el círculo vicioso de una menor demanda de bienes y servicios, una menor producción, menores ingresos salariales y, por ende, menos consumo, y así sucesivamente.
En un mundo globalizado y fuertemente interconectado, es inevitable que los impulsos recesivos se extiendan desde los países centrales, en los que se inició la crisis, hacia el resto del mundo. Esto ocurriría por la contracción del crédito y la fuga de capitales hacia lugares seguros, y por la caída del comercio exterior y de los precios de las materias primas. La Argentina no está exenta de estos efectos. Nuestras exportaciones de granos han visto reducir sus precios a la mitad en menos de tres meses. Lo mismo ha ocurrido con el petróleo, que, aunque en volúmenes declinantes, todavía exportamos. Estos cambios adversos impactan en el ingreso de divisas y en la rentabilidad de estos sectores, pero además afectan seriamente los ingresos fiscales debido a la previsible disminución de los derechos de exportación y a las menores ganancias gravables del sector productivo.
El Gobierno ha debido retrasar pagos y reducir sus programas de inversión. También ha limitado las transferencias a los gobiernos provinciales, gran parte de los cuales hoy tiene dificultades financieras y, a su vez, han debido restringir sus gastos y postergar ajustes salariales. Todos estos efectos necesariamente afectan la actividad económica y se suman al impacto recesivo que produce la restricción del crédito y el aumento de la tasa de interés. Debe agregarse la actitud restrictiva de los consumidores por el temor a la crisis. La caída de las ventas ya se ha manifestado en diversos sectores, particularmente en el inmobiliario y en el automotriz. La construcción, la metalurgia y la industria textil han comenzado con suspensiones y despidos de personal. La caída en los pedidos de nuevos puestos de trabajo ya ha superado el 50 por ciento. Todo esto señala una tendencia muy preocupante que pone a la Argentina frente a una emergencia económica y social.
Lamentablemente, el modelo económico aplicado en los últimos años, que fue inicialmente útil para reactivar la producción en un marco internacional muy favorable, coloca hoy a la Argentina en inferioridad de condiciones para enfrentar la crisis. A diferencia de Brasil y de Chile, que han podido devaluar sin mayores dificultades debido a la previa revaluación de sus monedas, nuestro Gobierno no puede apelar a ese arbitrio sin alimentar peligrosamente la inflación ya existente o crear riesgos ciertos de una corrida cambiaria. Tampoco nuestro Gobierno aprovechó el fenomenal incremento de los ingresos fiscales para acumular un fondo anticíclico. Por lo contrario, aumentó simultáneamente el gasto público a niveles inéditos y se permitió una política extraordinariamente dispendiosa de subsidios para mantener tarifas y precios fuertemente intervenidos. Salir de esto con un ajuste general de esos retrasos no será por cierto un camino exento de implicancias sociales que habrá que contemplar. La pérdida de acceso al crédito internacional contribuye también a limitar los instrumentos que podrían disponerse para apuntalar la previsible debilidad fiscal o para asistir al sistema financiero y productivo.
Se impone con urgencia un viraje del Gobierno hacia la seriedad, la solvencia técnica y la racionalidad. Es imprescindible contar con una estrategia oficial y con un programa económico. Y además, debe haber quien lo conduzca con profesionalidad e inspire reconocimiento y confianza. El Gobierno debe abrirse al diálogo para recoger las opiniones que enriquezcan su visión de los problemas.
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