domingo, 19 de octubre de 2008

Nada en exceso para ser libres y felices.

No está de más recordar la frase que cita nuestro amigo Alberto en tiempos de excesos como los que vivimos. Son los tiempos de los "megarrecitales", las "megapromociones", las construcciones faraónicas. Los tiempos en que los atletas intentan romper marcas a cualquier precio (físico o ético), en que la cultura se mide por kilo o por cabezas, como el ganado (cuanta más gente abarrota un evento llamado cultural se supone que más cultura se produjo). Los tiempos en que importa cuántos telespectadores tuvo un episodio cualquiera y no qué le dejó ese hecho a la humanidad, o en qué la mejoró. Tiempos en que los científicos no tienen empacho ni rubor en llamarle "máquina de Dios" a un artefacto faraónico que tarda una semana en descomponerse. Tiempos de multimillonarios salvatajes financieros para anestesiar hecatombes económicas generadas por la codicia. Tiempos en que se fabrican autos que marchan a 280 kilómetros por hora para andar por autopistas cuyo límite legal son los 130 kilómetros. Tiempos en los que pareciera que más se es cuanto más se tiene o más se exhibe. Tiempos en que quienes tienen la responsabilidad de conducir despliegan relatos excesivos, hablan con jactancia, desprecian la moderación en la acción, en la palabra, en el aspecto. Tiempos en los que la palabra más se ha divorciado de su opuesto complementario: menos (se pide más, se ofrece más, se quiere más, se exige más, no importa qué, no importa para qué, no importa cómo, no importa a qué costos económicos, físicos, éticos, emocionales, psíquicos). Tiempos en los que pocas personas parecen temer el ver pasar a un camello por el ojo de una aguja. Tiempos guiados por un lema que dice: "Todo en exceso".

Marco Aurelio (121-180 d.C.), emperador romano y filósofo, demandado por sus responsabilidades, exigido por cuestiones bélicas, por urgencias del imperio y por sus propias necesidades, se remitía a las enseñanzas de su maestro, el filósofo griego Epicteto (55-135 d.C.), un esclavo que se convirtió en padre de la doctrina estoica. Epicteto, que como Sócrates no dejó escritos, sostenía la idea de que era necesario vivir de acuerdo con la naturaleza, sustentarse en el libre albedrío (hoy diríamos "hacerse responsable de la propia vida") y ser consciente de que "el deseo y la felicidad no pueden vivir juntos". Con esto, apartaba el deseo de la necesidad, ya que no son sinónimos. No es lo mismo la gula (deseo) que la necesidad de alimentarse para cumplir las funciones básicas de la vida.

En sus Enseñanzas espirituales, Marco Aurelio recordaba cuánto sobra y cuánto hay de redundante en lo que decimos, en lo que hacemos, en lo que acumulamos, en lo que poseemos. Y concluía: "Descarta los actos irrelevantes, los pensamientos excesivos, los actos superfluos. Así que, en cada ocasión, pregúntate: ¿es esto realmente necesario?"

El exceso nunca es gratuito. "¿Puede ser libre una sociedad mientras la codicia, la desmedida ambición y la mentira sean libres?", se preguntaba el filósofo español Rafael Argullol, en un artículo del diario El País, de Madrid, el 24 de abril de este año. Un interrogante que recuerda la existencia de Hybris, una de las Erinias, divinidades violentas que perseguían a los humanos. Hybris encarna el exceso, la soberbia y la insolencia. Lo hace, aún hoy, de diferentes maneras, a veces obvias, a veces sutiles. Los mitos perduran a través de los tiempos porque se nutren del acontecer humano, se configuran en los arquetipos, esas energías constitutivas de nuestra condición. Y ante Hybris se alzó siempre otra divinidad, Némesis.

Pierre Grimal, en su Diccionario de Mitología Griega y Romana, la describe como encargada de suprimir toda desmesura, puesto que la desmesura "tiende a trastornar el equilibrio del universo". Aunque abundan quienes olvidan la consigna "Nada en exceso", Némesis no deja de encontrar modos de recordárselo. Ayer, hoy y siempre.
Diálogos del alma¿Cuánto es suficiente?

Por Sergio Sinay

lanacion.com | Revista | Domingo 19 de octubre de 2008

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