Al margen de las responsabilidades de funcionarios y banqueros, es necesaria una evaluación del aspecto estructural, de los rasgos comunes de estas crisis periódicas, con modalidades propias del siglo XXI, signado por la globalización y por la alta participación de las finanzas en la economía.
Lo clásico, como en 1930, es una sobreproducción. Las empresas, para desplazar a sus competidores, invierten en exceso. Hay desorden, y en un momento el consumo no puede absorber la producción. En la crisis actual, los bancos e instituciones hipotecarias sobreprestaron respecto de la capacidad de pago. En una explicación más amplia, cabe decir que el aparato productivo moderno, potenciado por vertiginosos avances tecnológicos y la organización de espacios económicos globalizados, convive con amplios sectores de la población mundial que no han emergido del subdesarrollo. Y ello determina que grandes excedentes de la producción no puedan reinvertirse productivamente, porque no habría demanda suficiente, ya que está limitada por algunos bolsones de pobreza del mundo desarrollado y, sobre todo, por la pobreza existente en el hemisferio sur.
Esos excedentes, al no encontrar un destino productivo, se orientan a colocaciones financieras e inmobiliarias y, aun con banqueros santos y sabios, las crisis aparecen cíclicamente. Las burbujas financieras, como las pompas de jabón, siempre estallan. Eso ocurrió en los noventa, cuando la crisis tuvo por centro el sudeste asiático, y sucedió ahora. Basta decir que, mientras en los 80 la participación del sector financiero en las ganancias empresarias de la economía norteamericana era del 10%, en 2007 había pasado al 40 %.
El modelo clásico de abordaje de la crisis es el que, en los años 30, llevó adelante Roosevelt, con fuertes inversiones públicas como disparador, siguindo las ideas de Keynes. El éxito fue tal que no sólo superó la crisis: colocó al país en el camino de superpotencia.
Pero ha pasado mucha agua bajo los puentes. Por un lado, los cambios en la economía y la modalidad de las crisis antes descriptos, y por otro, el hecho de que la economía y la política han prestado una atención a la cuestión del desarrollo que no existía entonces. Keynes mismo no la abordó, aun cuando algunos de sus aportes serían aprovechados después por la teoría del desarrollo. Y es más: tenía una mirada despectiva de los países del hemisferio sur, como surge de un curioso despacho que remitió a la Tesorería británica, en el que se quejó de la presencia en la Conferencia de Bretton Woods de países subdesarrollados. Los enumera y dice de ellos que "no tienen nada con que contribuir". Los llama "la casa de monos más monstruosa reunida en años".
Precisamente, aumentar la capacidad de compra de la "casa de monos" es clave hoy para morigerar el ciclo. El papel que tuvieron las medidas de reactivación clásicas, en la fase actual de la globalización deberían tenerlo las políticas de desarrollo. Son la clave para que el desbalance entre producción y consumo se atenúe, para que, con una demanda mundial ampliada por el acceso de nuevos consumidores, los excedentes de los grandes conglomerados puedan reinvertirse productivamente sin necesidad de caer en la burbuja financiera.
Será necesario que en los organismos internacionales y en los países se pase de la retórica a la práctica en la promoción del desarrollo. La solución para evitar futuras crisis no está en el mercado, sino en la política, y será posible si se toma conciencia de que el interés en el desarrollo no es exclusivo del hemisferio sur, sino de todos.
La crisis y el factor desarrollo
Para LA NACION
lanacion.com | Opinión | Martes 21 de octubre de 2008

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