Desde hace un tiempo, se ha vuelto a hablar de "el otro"; no es una frase formal, tiene un sentido profundo, siempre es signo de distancia, se lo siente diferente, casi "otra cosa"; para algunos, "el otro" es el adversario, a veces, el enemigo; para otros, es el hermano, "el como uno". La impropia distinción no es nueva. Ya la secta de los maniqueos se inspiró en una creencia o filosofía similar; vale la pena saber qué pensaban, ya que hoy se los cita con frecuencia. Los fundó un tal Manes a mediados del siglo III, creían en dos fuerzas formadoras del mundo; una autora del bien total; otra, del mal absoluto, y que las almas derivan de una o de la otra, no había matices ni términos medios, el centro equilibrado no existía para ellos. Surgieron en Persia, enemiga del Imperio Romano, fueron perseguidos hasta el año 491, en que los emperadores les quitaron los bienes y los desterraron; algunos fueron ejecutados. Años después la madre del emperador Anastasio fue seducida por sus ideas y los restableció, aunque por poco tiempo.
Lo importante de esta breve crónica es señalar que esas posiciones extremas entre la verdad o la mentira, el ángel o el demonio, lo blanco o lo negro reaparecen bajo formas fundamentalistas, y cuando llegan al poder se convierten en totalitarias. Pero no sólo tienen su origen en la secta maniquea, sino que se alimentan con la inclinación descontrolada a extralimitar los juicios, atarse a los prejuicios, condenar a todos los que no comparten nuestra opinión como enemigos imperdonables. Como siempre, es aconsejable la templanza, palabra olvidada, pero significativa del estado de ánimo necesario para acercarse a la sabiduría.
Del principio maniqueo: bueno o malo, ángel o demonio, se deriva el "nosotros o ellos" que va desde convicciones religiosas, orientaciones políticas o económicas hasta antagonismos naturales y coyunturales, que bien podrían ser resueltos cambiando sólo la conjunción o por la y, la separación por la unión indispensable, base de la amistad con el otro y el bien común de la sociedad. En esta etapa que recorremos, el mundo complicado y nuestra Argentina debilitada, será útil al Gobierno, como a sus opositores, tener en cuenta esta disposición de ánimo para ponerse en el lugar del otro, para saber qué haría uno allí o recordar qué es lo que se hizo cuando se estaba en ese lugar.
La experiencia de la historia muestra que las convicciones apasionadas y las posiciones extremas fomentan la desinteligencia, el conflicto y la guerra; no aceptan la crítica y rechazan el diálogo, que tiende a saber cómo piensa y siente el otro, para entenderlo, conocerlo, transmitirle nuestros pensamientos y aun nuestros intereses, y, en fin, llegar a un acuerdo sobre el mantenimiento pacífico de nuestra relación a pesar de nuestras diferencias. Una sociedad, familiar, política, económica, comercial y aun espiritual, se realiza, si en ella las diferentes opiniones subsisten, se acomodan, se respetan, se cultiva el diálogo como el vehículo más eficaz para la solidaridad y la convivencia; concertar es el camino principal para la felicidad y para el progreso de un pueblo. Los extremos ideológicos y políticos "de izquierdas y derechas, calificación siempre ambigua" han dejado experiencias que deben atender los políticos y deberían atraer a la juventud argentina, lamentablemente desinteresada en la acción política y, sin embargo, indispensable para diseñar su propio futuro.
Todos los extremos están en crisis. El capitalismo sin responsabilidad social ni manejo prudente de sus naturales desajustes acaba de mostrar debilidad en esta traumática emergencia estadounidense, que obliga a tener presentes los riesgos cuando se olvida la influencia de los inevitables intereses sectoriales, la codicia personal y otros factores letales para un positivo fruto del sistema. En el otro extremo, el comunismo, o su antifaz populista, ya ha mostrado durísimas evidencias de fracaso. Ambos reemplazan la realidad social y personal por anacrónicas y desprestigiadas ideologías.
José Saramago, premio Nobel, y en su tiempo figura sobresaliente del comunismo portugués, decía hace unos meses, en la Fundación Santillana: "Antes, cuando pensábamos que ser de izquierda era lo máximo a lo que un ciudadano debería aspirar y que, por ser de izquierda, uno mismo se reconocía más potencia cívica, caíamos en el tópico de decir que la derecha era estúpida y lo hemos dicho todos muchas veces. Pues bien, hoy quiero decirles que no conozco nada más estúpido que la izquierda. Y miren que siento tener que decir esto. Pero así lo veo, ya está bien de vivir de fantasías, imaginando que la historia equilibrará lo que en el presente es una evidencia".
Cada mañana abre una expectativa nueva, la noticia de hoy tapa la de ayer y la de mañana cumplirá la misma función. Siempre hubo cambios, pero la rapidez con que hoy se producen es mayor que el tiempo necesario para asumirlos. Un probable Obama en la Casa Blanca era imposible hace 20 años. El salvataje estatista de las quiebras estadounidenses dispuesto por un gobierno liberal confunde a los que olvidaron las históricas lecciones de Keynes, de 1933, del contra Keynes y de quizás un nuevo Keynes con las experiencias de las crisis recientes. La serena sabiduría inglesa acaba de orientar otra vez, con buen juicio y realismo, el rumbo hacia la recuperación de una equilibrada economía. Y muchos siguen todavía jugando a la amnesia; liberales y estatistas incurren en sus viejas posiciones apartadas de la realidad y de las experiencias trágicas de un lado y del otro. A la "economía de mercado" que propugnaba Erhard, Adenauer intercaló "economía social de mercado", y sobre esa base Alemania, devastada, ha llegado a su espectacular renacimiento económico, democrático y a recuperar la libertad.
Hoy asistimos a contradicciones elocuentes, tanto más notorias en gobernantes que prometieron programas llamados populistas en sus campañas y que en el ejercicio del poder olvidaron una regla básica en el manejo de lo personal cuanto en la administración del Estado: fijar prioridades. Es así como quedan desatendidos graves problemas de gobierno frente a "urgencias" coyunturales, para asegurar el mantenimiento del poder cuando se teme perderlo.
Nuestro desafío no es fundamentalmente económico, sino cultural, político y de inexperiencia del pueblo para la convivencia social, cuya primera condición es el orden jurídico, las relaciones humanas "civilizadas y no bárbaras, como diría Sarmiento" que requieren una igualdad quebrada en un "todos somos iguales" en el que algunos resultan "más iguales que otros" frente a la ley y al delito; quienes hoy ejercen el poder lo sostuvieron algunas veces con razón "¿lo recuerda señora Presidenta, cuando reclamaba igualdad frente a la ley y a la acción independiente de la justicia algunas veces distraída?".
El gobernante es más respetado en la medida en que dialogue, escuche, medite, y, si tiene que corregir y lo hace, gozará de apoyo y confianza; rectificar errores es un acto de prudencia y sabiduría política; gana autoridad y afirma el poder.
No es fácil encontrar líderes políticos que convoquen a una gestión posible y razonablemente alternativa; más que líderes atractivos hacen falta estadistas que no se limiten a la coyuntura, por grave que sea, sino que diseñen programas para el mediano y largo plazo, que sepan prevenir la repetición de las crisis (como Pellegrini, Frondizi y, tal vez, alguno más).
Nosotros y ellos
Para LA NACION
lanacion.com | Opinión | Lunes 20 de octubre de 2008

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