Las circunstancias han querido que este 25 de Mayo encuentre a los argentinos divididos, pendientes de cómo un conflicto entre las autoridades nacionales y el sector más dinámico de nuestra economía se dirime en sendas manifestaciones populares en Salta y en Rosario.
A escasos dos años del Bicentenario de nuestro nacimiento a la vida independiente, sería bueno recordar que sin un genuino sentimiento de unión nacional y sin un espíritu de diálogo y búsqueda de consensos no hay pueblo que pueda reconocerse como Nación.
Resulta triste que, con ocasión de la celebración de nuestro día patrio, la atención de los argentinos sea acaparada por la a estas alturas interminable pugna entre el Gobierno y el campo. Sin embargo, todo conflicto deja lecciones, del mismo modo que toda crisis encierra oportunidades.
El origen de este enfrentamiento con ribetes disparatados, que se ha extendido a lo largo de 74 días, reconoce la mala fe con que el Gobierno encaró el diálogo y la insistencia oficial en obviar la participación del Poder Legislativo.
Es patológico que, tras casi 200 años de historia como nación independiente, un gobierno constitucional no dialogue con la oposición. La negación sistemática del adversario sólo puede provocar su descenso al grado de enemigo.
No menos patológico es que se hable desde despachos oficiales de un supuesto Pacto del Bicentenario, que la desmesura o la ignorancia de algunos ha llegado a comparar con los Pactos de la Moncloa, sin el indispensable requisito del diálogo entre el Gobierno y la oposición.
Inquieta también que, bajo la fachada de un gran acuerdo del Bicentenario, se pretenda insistir en recetas que demostraron con creces su fracaso, como los pactos sociales basados en convenios de precios y salarios que, tarde o temprano, terminaron en una explosión con consecuencias desastrosas.
El gran acuerdo del Bicentenario, antes que nada, debería pasar por un compromiso firme para cumplir la Constitución Nacional.
En tal sentido, resulta más que valorable una iniciativa del Foro del Bicentenario, integrado por un destacado grupo de intelectuales, formado por Marcos Aguinis, René Balestra, Felipe de la Balze, Rosendo Fraga, María Angélica Gelli, Mariano Grondona, Juan Archibaldo Lanús, Félix Luna, Avelino Porto, Daniel Sabsay, María Sáenz Quesada y Horacio Sanguinetti. El grupo se ha propuesto llegar a un consenso que permita proyectar la república democrática recuperada en 1983 hacia un horizonte con mejores instituciones, más libertad, progreso económico y realización personal para todos los habitantes del suelo argentino.
Vivir reconciliados en un proyecto común de coexistencia política, que respete plenamente la Constitución y el Estado de Derecho; administrar el Estado con decencia y en función del bien común, con profesionalismo y transparencia; asegurar que los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial ejerzan su independencia e interactúen de acuerdo con lo establecido por la Constitución; garantizar, a través de los órganos independientes, el control de la igualdad de oportunidades en las elecciones y fortalecer los partidos políticos; reducir la pobreza y la exclusión con medidas que estimulen la creación de trabajo y generen oportunidades de ascenso social; avanzar hacia una comunidad segura, libre de amenazas y respetuosa con el prójimo, en la que se enseñe a respetar la ley; elevar la calidad de vida, proteger la salud, y defender y promover el patrimonio cultural y natural; sostener un sistema educativo orientado hacia la excelencia y la integración social; abogar por una economía libre e integrada al mundo, en el que se respeten la fe pública y los contratos, y recuperar el prestigio, la influencia y la credibilidad internacional son los principales puntos del acuerdo que propicia el Foro del Bicentenario.
Se trata de una iniciativa que debe ser aplaudida por cuanto se sustenta en valores que la inmensa mayoría de los argentinos siente, aunque no hayan podido concretarse cabalmente.
La celebración del aniversario de la Revolución de Mayo siempre ofrece una gran oportunidad para reflexionar sobre los modos de avanzar hacia una nación unida y moralmente fuerte. Es de esperar que estas ansias sepulten los ánimos tendientes a dividir a la sociedad y a eternizar sus enfrentamientos internos, y que la ciudadanía y sus dirigentes caminen juntos por una senda que conduzca, mediante el respeto de las instituciones y la inclusión social, a la reconstrucción de nuestra Nación.
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