lunes, 19 de mayo de 2008

Cuando el alma está en paz, los más heterogéneos escenarios se hacen confortables.

Los antiguos griegos atribuían al dios Hermes Trimegisto (Trimegisto significa “tres veces grande”) la paternidad de la cultura y de la escritura. Era también el patrono de los comerciantes y de los caminos. Con distintos nombres en otras civilizaciones (Toth en la egipcia, Mercurio en la romana), se lo consideraba mensajero de los dioses, encargado de transmitir los conocimientos del Cielo a la Tierra. A él se le atribuye el haber señalado en la Tabla Esmeralda (compendio del saber hermético) que “como es arriba es abajo, y como es adentro es afuera”.

Esta consigna se cita a menudo y viene al caso ante el planteo de Silvina. Con frecuencia, los temas que nos atormentan, las inquietudes que alteran nuestra armonía, no tienen su raíz en el escenario que habitamos, sino en nuestro interior. En las tragedias de Shakespeare suele haber una correlación entre el estado de las almas de los protagonistas y el estado de la Naturaleza. Las brumas, las tormentas, los desórdenes del paisaje expresan el malestar del espíritu (recordemos memorables secuencias de Rey Lear o de Macbeth). Los griegos y Shakespeare supieron siempre de qué hablaban. Y su mensaje sigue siendo pertinente hoy; por eso son clásicos.

En esta oportunidad, nos dicen que no es el afuera lo que cambia el adentro. Sin duda, la imponencia de un valle, la belleza de un bosque, la tranquilidad de una villa y su gente pueden serenar nuestras mentes, silenciar el bullicio que nos ensordece, pero si nos instalamos en esos escenarios con cuestiones sin resolver y preguntas íntimas sin respuesta, el desasosiego no tardará en reanudar su ronda. Quizá la mejor manera de gozar de esos lugares en los que a veces creemos ver el paraíso perdido sea llegar a ellos con el alma tranquila, para que no sean simples vertederos de nuestras angustias, de nuestras cuestiones no zanjadas, para que no resulten puntos de fuga, sino fuentes en las cuales refrescarnos sin asignaturas pendientes.

Si las emociones están en equilibrio, se agudiza la capacidad de encontrar las virtudes específicas de cada lugar. También las ciudades tienen aspectos nutricios, nos empapan de diversidad, son factorías culturales, multiplican las experiencias humanas. Y podemos acceder, o no, a estas oportunidades según cómo estemos dispuestos. Lo rural y lo urbano, lo interno y lo externo, son aspectos de una totalidad, partes incluyentes de la vida. Si nuestros propósitos existenciales están confusos, ni la ciudad ni el campo calmarán nuestra desazón.

Cuando el alma está en paz, los más heterogéneos escenarios se hacen confortables. De lo contrario, el infierno puede agazaparse tras la apariencia más bucólica. Si mudarse de ciudad o de país tiene como objetivo dejar atrás conflictos no resueltos, hay muchas posibilidades de que esos conflictos viajen mimetizados en el equipaje y los reencontremos en el nuevo destino. Se trasladarán con nosotros, a menos que los solventemos antes. Arriba y abajo, adentro y afuera: todo lugar es único y está en nosotros.

Diálogos del alma
Los paisajes externos son paisajes internos

Por Sergio Sinay


LANACION.com | Revista | Domingo 18 de mayo de 2008

No hay comentarios: