Viceversa
miércoles, 31 de octubre de 2007
Hay que inventar un plan becario, que permita retener a los cerebros creados por nuestras universidades públicas
Después de estar al borde del colapso, la ciencia local está experimentando una recuperación que invita al optimismo. Hay datos objetivos que lo respaldan, como el crecimiento en la producción local de artículos originales que, de acuerdo con el Science Citation Index (la base de datos bibliográfica que reúne las principales publicaciones periódicas del mundo en ciencias exactas, naturales e ingenierías), aunque con altibajos, aumentó 235% entre 1990 y 2004. O el ingreso en el Conicet de miles de becarios e investigadores que están revitalizando el principal organismo científico del país. Pero, además, se está multiplicando la cooperación con institutos del máximo nivel internacional, se incorporan nuevos instrumentos, se organizan ambiciosas redes federales de investigadores para competir internacionalmente en áreas de enorme interés... Todo esto -más allá de los problemas cotidianos- genera una energía palpable. En la lista del "haber" de los últimos años, un estudioso del desarrollo científico nacional como Mario Albornoz incluye el esfuerzo volcado a la formación de recursos humanos; el aumento del financiamiento; importantes iniciativas en áreas estratégicas, como la nanotecnología y el software; el freno a la emigración de jóvenes, que arreciaba en 2001 y 2002; el ordenamiento del Conicet, y haber establecido un plan nacional de ciencia de largo plazo. Pero si bien estamos recuperando terreno, todavía -¿qué duda cabe?- queda mucho por delante. Para citar sólo un dato, según un trabajo del Centro Argentino de Información Científica y Tecnológica, entre 1990 y 2004 la producción científica de Brasil (medida por el mismo banco de datos bibliográficos) cuadruplicó sus registros y pasó de representar el 35% al 48% del total regional, mientras que la argentina descendió del 21 al 15%. Ahora, los próximos cuatro años nos dan una nueva oportunidad de seguir avanzando, pero para eso es imprescindible que, al contrario de lo que suele suceder, el impulso no se desvanezca. Hay múltiples escollos que sortear para alcanzar un crecimiento sostenido. Uno no menor es el déficit de infraestructura: la mayoría de los centros e institutos de investigación están quedando inexorablemente chicos. La inyección anual de 1500 becarios y 500 investigadores durante los tres últimos años, sumada a la repatriación de más de 300 científicos y a las líneas de financiación para reequipamiento, tuvo el efecto adverso de devorar prácticamente todo el espacio, el mobiliario y el equipamiento disponibles, y de desbordar las líneas de suministro de energía.
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