Días atrás, el ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, doctor Claudio Mate, informó que en esa jurisdicción y durante la última década se ha registrado un inquietante número de muertes de adolescentes, como consecuencia de actos de violencia o de accidentes determinados por el abuso de bebidas alcohólicas o el consumo de drogas.
Así, mientras en 1995 fueron 400 las víctimas por las causas señaladas, en 2002 la cifra se triplicó, para bajar luego hasta un millar de defunciones en el año 2005. Agregó el funcionario que esos decesos duelen más porque se trata de muertes evitables y señaló, también, que siete de cada diez adolescentes que concurren a los servicios de salud de la provincia lo hacen por problemas de consumo de drogas y alcohol, dato que confirma la amplitud del riesgo que afecta a la minoridad.
Este dramático cuadro dista de ser nuevo, pero su conocimiento es necesario para promover las acciones preventivas que hacen falta. Debe tenerse en cuenta al respecto que cada vez es más precoz la iniciación de los adolescentes (13 años para los varones y 14 para las mujeres) en los malos hábitos del consumo de alcohol, especialmente de la cerveza. Esa adicción se va gestando en los fines de semana, antes de que los chicos concurran a las "discos". En esos momentos, el grupo de los más experimentados persuade a los nuevos de que la bebida es la mejor manera de prepararse anímicamente, como si fuera una especie de "medicación" aconsejable.
Ese tramo inicial se cumple en un "preboliche" o en la casa de familia de algún miembro del grupo, sea por tolerancia, sea por ausencia de sus dueños.
Lo que sigue es fácil de prever: elevación del tono y reducción del control emocional, razón por la cual la agresividad se dispara ante el menor pretexto, máxime cuando el contexto social que rodea a los jóvenes y la época en que se vive estimulan desdichadamente transgresiones, riñas y delitos. Por otra parte, drogas como la marihuana conducen al consumo de narcóticos más graves, algunos accesibles aun para los más pobres, como el tristemente célebre "paco", que aceleran procesos de autodestrucción.
El breve bosquejo del deterioro al que se lanza un sector adolescente y juvenil mueve a una lógica reflexión acerca de la declinación actual de numerosas familias, que parecen haber abdicado de su función como primer agente de contención y cuidado de los hijos. Es indudable que así ocurre en muchos casos, ya sea por falta de autoridad y capacidad para ejercer el debido gobierno de la descendencia, o por carencia de organización, o por crisis conflictivas que separan a sus miembros. También es menester reconocer que, a menudo, las buenas intenciones no alcanzan porque son más fuertes las influencias externas perturbadoras que transforman el proceso de maduración adolescente en un doloroso camino.
No obstante, pese a las dificultades aludidas, nada es mejor que apelar y contribuir a la recuperación de la institución doméstica y, cuando ésta es débil, apoyarse en redes familiares que cooperen en la orientación y el cuidado de los adolescentes.
También es ocasión de insistir una vez más en el valor de las políticas preventivas que deben concretarse en campañas públicas, con formas y contenidos diversos pero sin perder continuidad y con las garantías de las evaluaciones periódicas que alimentarán su perfeccionamiento.
Fuente: La Nación
martes, 14 de agosto de 2007
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