No terminamos de pagar el auto, el televisor o la computadora que habíamos deseado tener cuando lo entregamos en parte de pago y vamos por el próximo modelo, el de última generación. ¿O acaso cuando esté en nuestras manos ya será de penúltima?
La fuga hacia adelante
Una curiosa característica de la sociedad contemporánea es que la mayoría de los bienes (muebles o inmuebles) pueden ser útiles mucho más tiempo que aquel durante el cual los usamos. No los cambiamos ni nos desprendemos de ellos porque dejaron de prestarnos servicio, sino simplemente porque no tenemos tiempo para experimentar el ciclo completo de su utilidad. Estamos en fuga constante hacia lo próximo, sin tiempo para las experiencias. Somos habitantes de la era de la fugacidad.
Fugaz, dice el diccionario, es lo que dura poco, lo que huye y desaparece con velocidad. El tiempo es una abstracción que, desde eras ancestrales, los humanos hemos pretendido organizar y domesticar a través de relojes y calendarios . Paradójicamente, esas convenciones se nos han vuelto en contra. Los relojes y los calendarios nos recuerdan que todo tiene un final y, para huir de éste, apresuramos los procesos hasta eliminarlos.
El economista Jeremy Rifkin, una autoridad en el estudio del impacto de las tendencias económicas y tecnológicas en la sociedad, reflexiona así en su estudio Las guerras del tiempo: "Es irónico que en una cultura tan comprometida con el ahorro del tiempo, nos sintamos cada vez más privados de eso que valoramos. Se suponía que el mundo moderno, de los transportes eficientes, de la comunicación instantánea y de las tecnologías que significan ahorro de tiempo, nos liberaría de los dictados del reloj y nos daría un ocio creciente. En lugar de ello, el tiempo parece no alcanzar nunca".
¿Cuál es la causa de este fenómeno?
Para el filósofo Jacob Needleman, autor del bello libro El tiempo y el alma, "nuestros inventos tecnológicos nos han quitado nuestro tiempo". Se nos ofrecen tantas novedades simultáneamente que terminamos por confundirnos y no saber, en función de nuestro proyecto de vida, qué es lo que de verdad nos importa. "La vida contemporánea nos arrastra hacia adelante", advierte Needleman, y nos impide volver a nosotros mismos, a nuestras verdades, a experimentar nuestros ritmos, nuestro yo.
El historiador del arte Richard Appignanesi, del King’s College de Londres (autor de Posmodernismo para principiantes), describe esta era de la fugacidad como "un presente de aceleración a alta velocidad sin final previsible". Y la relaciona con el zapping. Cuando corremos detrás de lo nuevo sólo porque es nuevo (y no porque es necesario), cuando no acompañamos los procesos (del cocinar, del estudiar, del vincularse, de la creación, de la producción), acabamos por crear, como si nuestra existencia fuera una pantalla de televisión y estuviéramos ante ella con un control remoto, "nuestro propio collage televisivo de la vida". De acuerdo con Appignanesi, el zapping es un proceso en el cual hay "una aparente abundancia de opciones para satisfacer las preferencias individuales que acaba con todo el mundo eligiendo nada: todo consiste en el zapping mismo".
De allí se desprende un interrogante: la fugacidad, la impaciencia ante los ciclos y los procesos, la precipitación hacia lo próximo antes de culminar lo presente ("no terminaste la primera y ya empezás la segunda", proponía un reciente anuncio de gaseosas), ¿no terminan por ser un fin en sí mismos? Y su resultante, ¿no terminará por ser la sensación de que nada se ha experimentado, nada ha pasado, nada se ha incorporado a nuestro bagaje de vida? Cuando esto se acentúa, sobreviene un fenómeno muy frecuente en el ser humano contemporáneo, del cual ya hablaban al promediar el siglo XX los escritores y filósofos existencialistas (Camus, Sartre, el propio Heidegger): la sensación de vacío, la angustia existencial.
De hecho, uno de los más lúcidos y profundos filósofos y psicoterapeutas del reciente siglo, el austríaco Víctor Frankl, creador de la logoterapia, sostenía que sólo el diez por ciento de las neurosis en nuestros tiempos tiene un origen patógeno y que el 90 por ciento restante deviene de la insatisfacción ante una vida en la que falta la sensación de sentido y trascendencia.
Esta insatisfacción es posible advertirla en varios planos: el modo y tipo de consumo, las formas de trabajar, los estilos de conducir, el respeto por las leyes, e incluso las relaciones amorosas. Cuando se busca la satisfacción en los bienes y éstos no la traen, se acelera la necesidad de consumir más. Queremos tenerlo todo (y si es posible, tenerlo ya), ilusionados con que quizás en ese todo esté la satisfacción. El problema es que quien quiere tenerlo todo jamás tendrá tiempo para lograrlo. Quizá se trate, entonces, de elegir qué se quiere tener.
"Cuando se simplifica la vida y se pone más énfasis en los vínculos y en el cultivo de uno mismo, uno gasta menos horas a la semana trabajando y desplazándose", dice el prestigioso periodista inglés Patrick Rivers, que cuenta su propia experiencia de transformación en Vivir mejor con menos. Si uno está siempre apurado por llegar (aunque no siempre tenga en claro adónde ni para qué), todo lo que esté en el camino (semáforos, otros conductores, peatones) será un obstáculo y se intentará obviarlo como sea. Y si en una relación afectiva con otra persona no sobreviene la "satisfacción inmediata", se cambiará de persona rápidamente.
En los vínculos zapping, el otro no es alguien por descubrir y con quien construir una relación, sino alguien que debe satisfacernos. Es decir, tanto en la calle como en el trabajo aparece el riesgo de que el otro sea un instrumento de satisfacción o alguien a dejar de lado. De este modo aparece también la idea del delivery existencial. Las cosas y las relaciones nos llegarían hechas: no hay tiempo para crearlas, para producirlas y cultivarlas. "Sin embargo –reflexiona Carl Honoré–, lleva el mismo tiempo cocinar una pasta que pedirla por teléfono y esperar al motociclista, con la ventaja de que uno participa del proceso, es artífice, gesta aquello que va a incorporar a sí mismo."
Tiempo de arte
De esto habla el novelista Milan Kundera en su novela La lentitud, uno de cuyos pasajes ofrece esta reflexión: "La velocidad es la forma de éxito que la revolución técnica ha brindado al hombre. Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo, permanentemente obligado a pensar en sus ampollas, en su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad, es consciente más que nunca de sí mismo y del tiempo de su vida. Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces, su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis".
Los artistas son sensibles antenas que captan y reflejan este fenómeno, son sensibles a él y a sus consecuencias, abren un espacio espiritual y emocional a la reflexión.
En la película El empleo del tiempo, el director francés Laurent Cantet ofrece una cruda y a la vez compasiva exploración de lo que le ocurre en sus afectos, en su mundo psíquico y en su experiencia vital a un hombre que es arrojado fuera del círculo de la fugacidad y el tiempo programado.
Bajar un cambio
Lo que empezó como Slow food (y ya tiene expresiones en varios puntos de la Argentina) se extendió pronto a otros temas. Surgieron las Slow cities (ciudades lentas), que para merecer esa calificación deben tener menos de 55 mil habitantes, aumentar las zonas peatonales, instalar en las calles bancos para sentarse, quitar los enormes relojes públicos, plantar árboles, construir canteros, acortar los horarios laborales y comerciales, respetar los fines de semana como días no laborables, estipular una velocidad urbana máxima de 20 kilómetros por hora, eliminar los carteles publicitarios y, en fin, otra serie de requisitos que suman en total 55. Desde que se inició, en 1999, con Bra y otras tres poblaciones italianas, el Slow cities ya suma 35 ciudades miembros en Europa y empieza a tener pedidos de ingreso desde otros continentes.
A las ciudades se les sumaron colegios (Slow schools), en los que lo que importa es el tiempo que se necesita para aprender un tema consustanciándose con él, y no el apuro para terminar antes de que suene el timbre. En esos colegios no hay timbre. El Martin Luther King, de Berkeley, California, es considerado el más aceitado modelo actual al respecto. Mientras tanto, en Japón han aparecido los Clubes de la Pereza y en Europa se desarrolla, en varios países, la Sociedad por la Ralentización del Tiempo. No faltan asociaciones que propugnan el "sexo lento", propuesta que recoge milenarias enseñanzas del tantrismo oriental, filosofía que incluye una concepción circular del tiempo en lugar de la visión vertical (y de flecha) que predomina en Occidente. El movimiento Slow se ha extendido ya a 104 países y compromete activamente a más de 80 mil personas. Estos, según sus impulsores, son sólo unos pocos emergentes de una inquietud y una necesidad que hoy crece entre más y más personas en todo el mundo.
Todos estos fenómenos responden a los conceptos que propone Petrini: "El placer antes que el beneficio, los seres humanos antes que la oficina central, la lentitud antes que la velocidad". El lema esencial dice: "Buscar el tiempo adecuado para cada cosa". Acaso ése sea el mejor antídoto para lo que el médico estadounidense Larry Dossey describió en 1982 como el mal endémico más extendido de esta época: "La enfermedad del tiempo". No se trata, advertía, de hacer y conseguir la mayor cantidad de cosas en el menor plazo, sino de darle a cada una su tiempo. Para eso, claro, es preciso saber qué cosas le dan a nuestra vida un sentido trascendente, una condición de verdad. "Sólo la verdad conquista al tiempo", dice Jacob Needleman. "Y la verdad de cada vida es única". Vale la pena quitar el pie del acelerador para no pasar por arriba de ella sin registrarla.
Por Sergio Sinay .
El autor es escritor, especialista en vínculos humanos, autor de Elogio de la responsabilidad (Del Nuevo Extremo)
Fuente:La Nacíon
lunes, 13 de agosto de 2007
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