lunes, 13 de agosto de 2007

No es la economía: es el amor

"En la cultura de la fugacidad, de la inmediatez, (...) se eliminan las vivencias, los procesos, la noción de ciclo y devenir. (En ella) la intolerancia a la frustración, a los obstáculos y al aprendizaje es directamente proporcional al vacío y la angustia existencial.

(...) no aceptar la opción (... y querer todo) tiene más que ver con la voracidad, con la omnipotencia y con el narcisismo que con la libertad. La libertad es un valor que cobra dimensión y sentido a partir de los condicionamientos. Y los condicionamientos, los límites, la finitud, la imposibilidad son parte necesaria e indivisible de la vida, ayudan a crecer, a discernir, a madurar, a reflexionar, a mirar más allá del horizonte del propio ombligo.
La libertad entendida en términos existenciales, no banalizada, es la capacidad que existe en cada uno de nosotros (desarrollada o a desarrollar) para tomar una actitud ante el condicionamiento.

(...) Seré el dueño de mi decisión, de lo que gano y de lo que resigno con ella. Soy responsable de esa decisión, de las consecuencias de ella. Y en esa responsabilidad reside mi libertad.
No soy libre porque hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero, sino porque, ante los límites, viviendo entre otros, reconociéndolos, aceptando los acuerdos, las reglas y los deslindes y acotaciones de la naturaleza y de la vida, elijo y me hago cargo. En las sucesivas elecciones atravieso experiencias, desarrollo aspectos personales, forjo cierta sabiduría real producto de lo vivido.
La libertad (... mal entendida) se parece a la del pensamiento mágico infantil: puedo tener todo lo que quiero; sólo basta con desearlo; no hay delimitación entre yo y lo deseado; soy mi deseo; no hay en mí un núcleo de conciencia, un yo.

(...) En estos tiempos, las personas son a menudo objetos, medios para un fin; sirven o no sirven a determinados propósitos. Dejan de ser, dramáticamente, fines en sí mismo como proponía Kant.

(...) en los orígenes del matrimonio tal como llegó hasta nuestros días, había un fuerte componente de organización social y económica. Determinar las filiaciones, asegurar el destino de las herencias, dar cierto orden a la acumulación y transmisión económica (de hecho, hasta la Revolución Industrial, las familias funcionaban como verdaderas unidades productivas). Es cierto, también, que la sociedad y la economía han encontrado hoy herramientas más complejas y sofisticadas para esos objetivos. Pero lo que no entra ni por asomo en la visión economista (...) es que las parejas humanas tienen una trayectoria significativa y trascendente cuando en su amalgama participa el amor.

Cuando dos personas se eligen, se reeligen, deciden permanecer juntas es, muchas, muchísimas veces porque han construido una historia común atravesada por experiencias, por descubrimientos (incluido el descubrimiento permanente del otro, del compañero), por dolores, por logros que, integrados a lo largo del tiempo, terminan por cimentar y dar nacimiento a esa energía única, a ese sentimiento sagrado que llamamos amor. Cuando el amor acontece se consagra un vínculo de sujeto a sujeto, de dos que se respetan como únicos, como diferentes y que así se eligen, se reciben y se acompañan.
Aunque el amor pase inadvertido ante la mirada del martillo económico es, todavía, la más maravillosa energía renovable, no contaminante, iluminadora, enriquecedora, trascendente y capaz de rescatarnos. Generarla lleva tiempo, presencia, compromiso. (...)"

Extractos del artículo No es la economía: es el amor de Sergio Sinay publicado en La Nación del 21 de diciembre 2005.

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