viernes, 13 de enero de 2012

La marcha de la bronca

Por Hector M. Guyot | LA NACION
A sus 94 años, hay que concederle a Stéphane Hessel el don de la paciencia. También, un sentido de la oportunidad prodigioso. Alzó la voz en el momento preciso: con su obrita Indígnense , un libro de sólo 32 páginas que una pequeña editorial parisina lanzó a tres euros y que en unas pocas semanas vendió más de 650.000 ejemplares, Hessel encendió la mecha de una ola de protestas sociales que recorrió el mundo y marcó el año que acaba de terminar.

Su libro no contiene enrevesados alegatos ideológicos ni retóricos llamados a la lucha revolucionaria. La pólvora de la explosión se redujo a algo más elemental, un sentimiento que las antenas sensibles de Hessel supieron captar, como diría Dylan, soplando en el viento: la indignación.

En 2011, la indignación ha expresado, de Madrid a Londres, de Atenas a Nueva York, de París a Moscú, el descontento con la hipocresía o la impotencia de los que gobiernan, la injusticia de una economía global que acumula riqueza provocando el vacío alrededor y el agotamiento de un sistema que convierte a los ciudadanos en obedientes consumidores.

Publicado en octubre de 2010, el libro de Hessel alimentó a los jóvenes españoles que en marzo pasado ocuparon la Puerta del Sol. Fueron los primeros indignados, si exceptuamos a los jóvenes árabes que poco antes se sacudían de encima a sus viejos tiranos en Túnez y Egipto (en una "primavera árabe" también encendida por la indignación pero de naturaleza distinta a la ola de protesta que recorre Occidente). De manera viral, el clamor pasó de Madrid a distintas capitales del mundo y creció a tal punto que la figura del manifestante fue elegida "personalidad del año" por la revista Time , en reconocimiento a las protestas "que están remodelando y redefiniendo la política y el poder globales".

A medida que las protestas crecían, se alzaron las voces críticas o escépticas. A los jóvenes de la Puerta del Sol se los descalificó de la misma forma que hoy se descalifica al movimiento Ocupa Wall Street: son chicos caprichosos que no valoran lo que tienen y que quieren desecharlo sin proponer nada a cambio. La falta de propuestas pone en evidencia, dicen los reproches, la inmadurez de estas revueltas inorgánicas que pasarán sin dejar huella. Sin embargo, resulta difícil obviar una pregunta simple: ¿por qué pedirles a los indignados un programa o un proyecto político?

Los jóvenes que protestan en tantos idiomas y en plazas y calles de los cuatro puntos cardinales vienen a decir lo mismo: algo cruje en las sociedades occidentales, y la falla parece estar en los cimientos del sistema que tan laboriosamente hemos construido. Los indignados, al menos hasta ahora, no son una alternativa política. Son, antes que nada, un síntoma.

El detonante de las protestas en los países centrales fue la crisis económica, que en Estados Unidos estalló con la debacle de gigantes de las finanzas como Lehman Brothers, a fines de 2008, y en Europa, un poco más tarde, con las crisis de las deudas y la caída del euro. Tal vez por eso, ante la inevitable comparación con las revueltas de Mayo del 68, la primera tentación fue marcar las diferencias. Si aquellos jóvenes reaccionaron contra el consumo burgués que la sociedad de entonces les proponía, éstos reclamarían, por el contrario, no ser excluidos de ese consumo que les arrebató la crisis. Si los estudiantes franceses -y sus pares de algunas universidades norteamericanas y hasta los yippies de Abbie Hoffman- estaban contra el Estado, los indignados de hoy claman en cambio por el retorno del Estado protector.

Es un diagnóstico tranquilizador. Pero tal vez la indignación sea el síntoma de algo más complejo. "Nosotros no somos antisistema, el sistema es antinosotros", rezaba un eslogan que surgió en la Puerta del Sol y que, en espíritu, emigró a las protestas del otro lado del océano. La frase parece avalar la interpretación que se describe en el párrafo anterior, pero al mismo tiempo, paradójicamente, la desmiente.

Octavio Paz vio en las revueltas del 68 una crítica del progreso. "En Occidente, los jóvenes se rebelan contra los mecanismos de la sociedad tecnológica, contra su mundo tantálico de objetos que se gastan y disipan", dice en Posdata , un libro que escribió en 1969, en el que recuerda que 1968 fue un año "axial", con protestas y tumultos en París, Chicago, Praga, Tokio, Belgrado, Roma, México. "El progreso ha poblado la historia de las maravillas y los monstruos de la técnica -escribe el Nobel mexicano-, pero ha deshabitado la vida de los hombres." Es posible oír un eco de las protestas de 1968 en los indignados de la actualidad: de algún modo, protestan también por el grado de desposesión en el que se ven sumidos. En medio de una globalización empujada por los avances tecnológicos, se sienten despojados del manejo de los resortes que hacen al desarrollo de sus propias existencias.

"Poco a poco se nos va depauperando la vida", le decía al diario El País en noviembre pasado Carlos Macedo, empleado del metro, en medio de miles de portugueses que ganaban las calles de Lisboa en protesta contra el ajuste. Para poder pagar un préstamo de 78.000 millones de euros recibido en mayo a fin salvar al país del default, el gobierno había anunciado, entre otros recortes, que a fin de año no habría pagos extras de Navidad y que en 2012 todos los trabajadores portugueses trabajarían media hora más, gratis. "La misma agencia que nos pide recortes nos baja la nota cuando hacemos los recortes y así serán necesarios más recortes", se quejaba otro manifestante: ese día, la agencia Fitch bajaba la nota de los bonos portugueses hasta ubicarlos en el nivel de los bonos basura.

Aquí está el nudo de la indignación: cuando todo se cae a pedazos por motivos que le son ajenos a la gente común, los únicos que flotan y hasta se van para arriba son los que tienen poder (económico y político). Y, lo más grave, prosperan gracias al deterioro de aquellos que no lo tienen. Porque la receta de los gobiernos ha sido siempre la misma: los costos recaen en los ciudadanos de a pie, mientras que las grandes entidades financieras en apuros reciben el oxígeno de miles de millones de dólares de los contribuyentes para evitar su quiebra. Y eso, después de que sus ejecutivos embolsaran decenas de millones durante la ficción financiera que llevó a la crisis. Esto fue lo que pasó en Estados Unidos, con la crisis de la burbuja inmobiliaria, y se replicó a su modo en Irlanda y otros países cuyo sistema financiero colapsó. También esto ocurrió con el corralito en la Argentina de 2001, que en el cacerolazo del 19 de diciembre produjo la primera horneada de indignados. Como hoy, se protestó contra la injusticia y el poder. O contra las injusticias del poder. Y sin el empujón de un Hessel.

Ahora, para "democratizar" los costos de la crisis, se apela al sentimiento de culpa, una forma eficaz de trasladar responsabilidades. Cuando todo se resquebraja, se le dice a la gente que se acabó la música y que llegó el momento de pagar la fiesta. ¿Qué fiesta, se preguntan algunos? Otros, quizá más afortunados, se dicen que no han hecho más que aceptar una invitación. Porque la fiesta la montan los que se benefician de ella. Son los bancos y las entidades de crédito, finalmente, los que apuestan con los hedge funds (inversiones de alto riesgo), los que aquí o allá inundan a la gente de folletos o llamadas telefónicas con ofertas de créditos a sola firma, de préstamos de todo tipo, de tarjetas que llegan a domicilio sin que nadie las haya pedido y de beneficios cada vez más osados y atractivos, en una puja a todo o nada por los clientes y los réditos, mientras el gobierno se solaza en los extraordinarios niveles de consumo alcanzados. El de la culpa es un mecanismo sutil que a los argentinos, en estos días en que empezarán a llegar las facturas de los servicios sin los subsidios, nos debería resultar familiar: el supuesto amigo que te llenó el vaso de whisky toda la noche (sin que se lo pidieras) es el mismo que al día siguiente, en medio de la terrible resaca, te recrimina que hayas bebido mientras te hace pagar las consumiciones.

Por último, y más allá de lo que señalan algunos expertos apoyados en grandes índices de crecimiento, la sociedad tecnológica de mercado global -por llamarla de alguna manera- ensancha cada vez más la brecha entre ricos y pobres. Las diferencias abismales entre lo que ganan los ejecutivos encumbrados y los simples empleados echan por tierra, en Estados Unidos y en buena parte de Europa, el hasta ayer vigente sueño de la movilidad social, mientras el mercado de los bienes de lujo alcanza picos insospechados. De acuerdo a datos oficiales, el 48% de la población norteamericana es considerada pobre o de bajos ingresos, en tanto alrededor de 56 millones de personas viven por debajo de la línea de pobreza en la Unión Europea. Según informó este diario hace unos días, la tasa de mortalidad de las regiones más pobres de Inglaterra supera a la media de países africanos menos desarrollados, como Botswana y Ruanda.

"Los indignados de Wall Street no sólo protestan por la desigualdad -señala el analista político Moisés Naim-. Ahora prestan más atención al hecho de que otros están avanzando gracias a lo que ellos perciben como trucos, trampas y privilegios."

Nadie, ni el propio Hessel, puede anticipar qué ocurrirá con el movimiento de los indignados. Pero después de un año como el que pasó, los gobiernos deberían tomar nota de que el límite de tolerancia a la hipocresía de los que mandan ha descendido de manera drástica. Esto es algo que les cuesta percibir, y en este país lo sabemos muy bien: el acto de contrición de los políticos argentinos tras el indignado "que se vayan todos" de 2001 fue tan breve y fugaz como el de los banqueros y financistas que, tras el derrumbe de 2008, se mantuvieron aferrados a sus pródigas bonificaciones como si nada hubiera pasado.

© La Nacion.

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