Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION
Hay dos visiones posibles. Aquí ha pasado algo. O aquí no ha pasado nada. Esta última hipótesis se escucha en los campamentos del antikirchnerismo, donde se evalúan los últimos acontecimientos electorales simplemente como una momentánea validación del modelo imperante. "Seguirá por cuatro años más el mismo gobierno de siempre -argumentan-. Habrá simplemente que esperar la evolución de la economía y de los humores sociales." Es curioso, porque en los campamentos kirchneristas se escucha la misma opinión, aunque cargada de orgullo y esperanza: "Se premió a un gobierno que hace las cosas bien para que las siga realizando del mismo modo". Yo creo, sin embargo, que ambos se equivocan. Que aquí ha pasado algo. Quiero decir que en la Argentina no se abre un nuevo capítulo de la misma película: creo que la película ha terminado y una nueva está a punto de estrenarse.
Esta nueva película, al menos desde el arranque, tiene una diferencia fundamental: el "movimiento nacional y popular" que gobierna logró lo que nunca, construir una hegemonía. Esa palabra impresiona, pero es verdadera, y más allá de los atropellos que eventualmente se practiquen desde esa nueva categoría lo cierto es que no puede ignorarse que la hegemonía de un movimiento que gobierna doce años, institucionaliza mediante leyes sus medidas y da vuelta como una media el discurso, el sistema político y la economía estatal y privadas lo que está haciendo es tallar una muesca indeleble en la historia moderna. Ya nada volverá a ser lo mismo. Doce años después es altamente difícil pensar que cualquier fuerza política opositora, por más consenso que tenga, pueda desatar algunos de los nudos centrales del kirchnerismo.
La oposición nunca logró articular un mensaje efectivo para oponerse. La oposición no podrá constituirse con verdaderas chances de alcanzar el poder sin reconocerle a la gestión del Frente para la Victoria su consistencia y su éxito. Si no lo hace, seguirá utilizando discursos prekirchneristas.
La oposición, me temo, debe cuanto antes declarar y asimilar su derrota, entenderla y asumirla en toda su dimensión, lo que implica tomar aceite de ricino, es decir: admitir las cosas positivas que el oficialismo logró. Sólo desde ese lavaje de estómago, desde esa dolorosa pero purificadora penitencia, la oposición podría adquirir la autoridad moral frente a la sociedad para reclamar cambios. Hoy reclama cambios anclados en el pasado. Se percibe, de manera inconsciente, que nos propone volver a algún sitio (el ochentismo alfonsinista, el liberalismo de los noventa, los tiempos del Frepaso o de la Alianza) porque el kirchnerismo arrasó con las reglas de juego que en esos pretéritos supuestamente imperaban. El electorado percibe que la oposición propone más de aquello, poco de esto y nada del futuro. Para proponer algo del futuro la oposición tiene que aceptar los logros oficiales y construir un discurso poskirchnerista. Que en esta campaña no se vio.
En la vereda de enfrente, el gran problema del oficialismo será sin duda lidiar con la hegemonía, palabra que muchos kirchneristas comienzan a adoptar. Hace 48 horas el adjetivo "hegemónico" servía para satanizar a cualquiera. Ahora el sustantivo "hegemonía" se ha vuelto sinónimo de "apoyo popular sin precedente". El carácter de partido hegemónico le quita al kirchnerismo ese halo tan cool de movimiento contestatario para posicionarlo en el lugar central del poder. El mayor poder del que se tenga memoria. Veremos cómo se digiere esa metamorfosis en su militancia intelectual.
Lo cierto es que desde esta flamante hegemonía au toasumida el kirchnerismo se propone pasar de inmediato a su "etapa superior", que consiste en refrendar con leyes cada una de las ideas y políticas de estos años. La hegemonía en el Congreso le permitirá una "institucionalización" del modelo: detrás de cada medida importante habrá una ley votada por la mayoría. Pero Cristina Kirchner no quiere creer en provisorias quimeras ni escucha a quienes le proponen, legitimados por las urnas, arrasar con las reglas democráticas de la "partidocracia liberal". Es que el juego exige mucha sutileza: manejar una hegemonía sin permitir que el "movimiento nacional y popular" caiga en excesos y produzca miedos. Sin irse a la banquina. Creo que eso es lo que Cristina se propone: una hegemonía sin excesos en una democracia renga pero vigente. Habrá que ver cómo le va.
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