domingo, 23 de octubre de 2011

La inestabilidad de la desigualdad global

Por Nouriel Roubini | Para LA NACION
NUEVA YORK.- Este año se ha caracterizado por una ola global de descontento e inestabilidad política y social, que ha ocasionado que la gente salga en masa a las calles reales y virtuales: la primavera árabe; los disturbios en Londres; las protestas de las clases medias de Israel por los precios de las viviendas y la presión inflacionaria sobre los estándares de vida; las protestas de los estudiantes chilenos; la destrucción en Alemania de los coches de lujo de los "ricos"; el movimiento en la India contra la corrupción; el creciente descontento por la corrupción y la desigualdad en China, y ahora, el movimiento de los "indignados" de Wall Street en todo Estados Unidos.

Estas protestas expresan las serias preocupaciones por su futuro de las clases medias y trabajadoras del mundo ante la concentración de poder entre las elites económicas, financieras y políticas. El aumento de la desigualdad tiene muchas causas: la suma de 2300 millones de chinos e indios a la fuerza laboral global, que reduce los empleos y salarios de obreros no calificados y trabajadores deslocalizados que ocupan puestos administrativos de las economías avanzadas; un cambio tecnológico que privilegia a las personas calificadas; efectos de concentración; un surgimiento rápido de disparidades en el ingreso y la riqueza en las economías con crecimiento acelerado, pero que antes fueron de bajos ingresos, y una imposición fiscal menos progresiva.

El aumento del apalancamiento de los sectores público y privado y las burbujas de crédito y de activos relacionadas son en parte el resultado de la desigualdad. El crecimiento mediocre del ingreso para todos, excepto los ricos, en las últimas décadas dio lugar a un desfase entre ingresos y aspiraciones de gasto. En los países anglosajones, la respuesta fue democratizar el crédito -mediante la liberalización financiera-, lo que provocó el crecimiento de la deuda privada porque las familias solicitaron créditos para cubrir la diferencia. En Europa, el desfase se cubrió con servicios públicos que no se financiaron del todo con los impuestos, estimulando así la deuda y el déficit público. En ambos casos, los niveles de deuda se volvieron insostenibles.

Las empresas en las economías avanzadas recortan empleos por una demanda final insuficiente, que ha conducido a un exceso de capacidad, y a la incertidumbre sobre el futuro de la demanda. Reducir empleos debilita la demanda final.

Los mercados libres no generan la suficiente demanda final. En Estados Unidos, los recortes espectaculares de los costos laborales han reducido la participación de los ingresos laborales en el PBI. Como el crédito se ha agotado, los efectos sobre la demanda agregada que han tenido décadas de redistribución del ingreso y la riqueza -de pobres a ricos- se han agravado por la menor tendencia marginal de las compañías, capitalistas y hogares ricos a gastar.

Karl Marx promovió el socialismo, pero tenía razón al decir que la globalización, el capitalismo financiero descontrolado y la redistribución del ingreso y de la riqueza, del trabajo al capital, podrían llevar el capitalismo a la autodestrucción. Como él señalaba, el capitalismo desregulado puede originar brotes regulares de exceso de capacidad, un consumo insuficiente y la recurrencia de crisis financieras destructivas que estaban alimentadas por burbujas de crédito y subas y bajas de los precios de los activos.

Incluso antes de la Gran Depresión, las clases burguesas iluminadas de Europa reconocían que para evitar la revolución había que proteger los derechos de los trabajadores, proteger sus derechos, mejorar las condiciones laborales y salariales y crear un Estado de Bienestar para redistribuir la riqueza y financiar los bienes públicos. El impulso para alcanzar un Estado de Bienestar moderno cobró fuerza después de la Gran Depresión cuando el Estado asumió la responsabilidad de la estabilización macroeconómica.

El surgimiento del Estado de Bienestar social fue una respuesta a la amenaza de las revoluciones populares, el socialismo y el comunismo a medida que aumentó la frecuencia y severidad de las crisis económicas y financieras. Siguieron tres décadas de estabilidad económica y social, desde los 40 hasta los 70, período en el que la desigualdad disminuyó.

Algunas lecciones sobre la necesidad de una reglamentación del sistema financiero se perdieron durante la era de Reagan y Thatcher, cuando se creó la tendencia a la desregulación masiva por fallas del modelo de bienestar social europeo. Pero el modelo anglosajón de laissez-faire ha fracasado. Se requiere recuperar el equilibrio entre mercados y oferta de bienes públicos para estabilizar las economías. Eso significa alejarse del modelo anglosajón de mercados desregulados y del modelo continental europeo de Estados de bienestar basados en el déficit. Ni siquiera el modelo de crecimiento asiático -si es que existe- ha podido evitar que aumente la desigualdad. Cualquier modelo económico que no aborde la desigualdad se enfrentará a una crisis de legitimidad.

El autor es profesor de Economía de la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York

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