domingo, 30 de octubre de 2011

Incertidumbre

Por Dante Caputo
La incertidumbre no es un estado excepcional en la vida política de las sociedades y de las naciones. Sin embargo, solemos pensar que lo incierto es un momento transitorio y que las cosas volverán a ordenarse. Aunque vivimos en la incertidumbre, no creemos que su compañía sea permanente.

La toma de decisiones políticas, en especial la internacional, debería evitar el supuesto de que el futuro es único y cierto, que se parecerá a lo que ya pasó. Es difícil imaginar lo nuevo en la historia.

Hay naciones que pueden modificar las grandes tendencias mundiales, otras poco y muchas nada. Cuanto más periférica sea una posición con respecto de los centros mundiales de decisión, tanto más hay que indagar, imaginar y construir los futuros posibles que otros decidirán.

Entre 1947 y 1990 tuvimos un período de baja incertidumbre político-militar. Era el mundo bipolar. Se podía, por lo general, proyectar linealmente en el futuro el comportamiento de las grandes potencias mundiales. Aunque existía también una incertidumbre incómoda: la humanidad podía desaparecer en cualquier momento.

Entre 1944 y 1971, esta baja incertidumbre político-militar coincidió en lo económico con el sistema de Bretton Woods, articulado en la paridad fija del dólar con el oro. Fue un período de estabilidad en las relaciones comerciales y financieras entre países. Tras los gastos incurridos por la Guerra de Vietnam, en 1971 Estados Unidos terminó la convertibilidad del dólar con el oro y devaluó.

La promesa de un nuevo orden mundial después de los noventa se diluyó rápidamente. La volatilidad del sistema económico internacional ha aumentado. Poco a poco ingresamos a este tiempo en el que vivimos la probabilidad de un lento traslado del centro hegemónico mundial. Esto representa un cambio fundamental en la ordenación del sistema mundial y abre una multiplicidad de escenarios futuros.

Las crisis convergentes de Estados Unidos y la Unión Europea junto a la expansión china son episodios mayores en nuestro mundo incierto. Veamos un editorial publicado en el Washington Post, hace pocos días: “Si ‘patear la pelota afuera’ fuera una disciplina olímpica, los políticos estadounidenses ganarían una medalla. Han pospuesto la solución del problema de este país que interconecta impuestos, déficit fiscal y deuda por quien sabe cuántos años. Pero la medalla de oro la ganaría Europa por sus reacciones inconclusas a su crisis económica y financiera que en rigor plantean peligros más graves e inmediatos que los que provoca Estados Unidos”.

El editorialista del Washington Post concluye: “Los líderes tienen que encontrar un terreno común, la señora Merkel, el señor Sarkozy y sus colegas, a menos que quieran pasar a la historia como los que llevaron a Europa y al mundo al borde del precipicio del desastre económico”.

La crisis europea, iniciada en Grecia, puede continuar con España e Italia y puede llevar a la desaparición del euro. El sistema de decisiones europeo, basado en la unanimidad, es tan frágil que un pequeño estado como Eslovaquia detuvo el acuerdo entre Francia y Alemania. Cierto, luego se ejercieron las presiones del caso para cambiar la posición de ese país. Pero quedó clara la baja eficacia de este sistema con 27 miembros, todos con derecho a veto.

Esta semana, los líderes europeos acordaron tres decisiones sobre el caso griego: la quita de 50% de las acreencias de los inversores privados, la recapitalización de la banca y la creación de un fondo de estabilización para los países en problemas de un billón de euros.

Los problemas están lejos de resolverse. Según reconoció el propio primer ministro griego, George Papandreou, una década puede transcurrir hasta que su país vuelva a los mercados financieros. Durante este tiempo, una delegación de representantes del FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea se instalará permanentemente en Atenas para supervisar las reformas. Esto significa que durante la próxima década, en la que se distribuirán los costos de esta crisis, el presupuesto griego será decidido por funcionarios que los griegos no votaron.

Por otro lado, parte del financiamiento del fondo de estabilización provendrá de China. El candidato presidencial socialista, François Hollande, criticó la creciente dependencia que esto implica. Al ser ya uno de los principales inversores en los bonos de la deuda externa de Estados Unidos, los chinos pasarán a tener un rol clave en la estabilidad económica de los dos centros de poder occidentales. Creer que este rol económico no tendrá consecuencias políticas sería un grave error. Cierto, puede suceder que todo tienda al orden y estos inmensos desajustes se acomoden. Pero esa es sólo una probabilidad.

A la vez que se desenvuelven estas situaciones en los países centrales, los sudamericanos vivimos un período de bonanza económica, en gran parte debido al aumento de los precios internacionales de nuestros productos de exportación, como petróleo, cobre o soja. La gran cantidad de dinero ingresado en las arcas públicas permitió a los gobiernos mayor margen de autonomía con respecto a los organismos multilaterales de crédito y las potencias centrales. El alza de los precios de exportación se debe a la demanda de India y China. Los expertos sostienen que esa demanda continuará por un tiempo.

En definitiva, lector, la combinación de una demanda sostenida de nuestros productos y mayor autonomía política puede hacernos creer que gozamos de mayor certidumbre. Pero si ignorásemos los cambios mayores que podría originar el traslado del centro hegemónico, cometeríamos un error peligroso.

Usted acordará que es sensato usar la bonanza para introducir cambios que no la hagan depender indefinidamente de lo que hacen otras naciones. Creo que la historia muestra que ningún pueblo se ocupa de la felicidad de otro pueblo. Es un desafío para Sudamérica usar la prosperidad actual para bajar la incertidumbre del futuro. Podemos incidir muy poco en el mundo pero bastante más en evitar que los desajustes mundiales cambien nuestras vidas.

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