Con los EE.UU., Europa y Japón ya en recesión y el consumo norteamericano cayendo dramáticamente 3,7% en el tercer trimestre, antes de la profundización de la crisis, y 1% en octubre, la cuestión central es evitar que se acentúe la caída. Para lograrlo, lo ideal sería un impulso fiscal y monetario coordinado entre los principales países desarrollados y emergentes, algo que todavía no ha ocurrido.
Sólo una señal centralizada suficientemente fuerte sería capaz de disipar la tremenda desconfianza global que lleva a no gastar y a no prestar. Había muchas esperanzas puestas en la reunión del G-20, pero sus resultados no fueron alentadores para el corto plazo, ya que no hubo siquiera un intento de coordinación de políticas. Sí fueron importantes, pero para el mediano y largo plazos, los acuerdos para revisar la regulación financiera -con deberes para la reunión del 2 de abril próximo- y para mantener abierta la economía global en el marco de la Organización Mundial del Comercio, lo que no excluye que muchos países, como está haciendo la Argentina, procuren frenar las importaciones con variados recursos. Nunca hay que olvidar que fue el proteccionismo mundial exacerbado lo que agravó las consecuencias de la crisis del 30, en el siglo pasado.
Pese a que faltó una coordinación global, hubo otros anuncios positivos y destacados. El más notable fue el de China, con un programa de dos años de estímulo a la economía interna por 586.000 millones de dólares, equivalentes al 8% de su PBI cada año y al 1,1% del PBI mundial.
Los fondos se aplicarán a infraestructuras de todo tipo: salud, educación, medio ambiente, investigación, subsidios a los hogares, rebajas impositivas y créditos. Es el arsenal keynesiano siglo XXI en versión integral. Faltan muchos detalles, pero es una singular muestra de poder económico y político, de sensatez y del sesgo hacia un mayor consumo interno que irán teniendo las políticas económicas asiáticas de aquí en más. Gran noticia para nosotros, si la supiéramos aprovechar.
Otras señales importantes, demoradas para mi gusto más de la cuenta, vinieron del presidente electo Barack Obama. Las designaciones en su equipo económico -Timothy Geithner en el Departamento del Tesoro, Larry Summers como jefe del consejo de asesores, Paul Volcker a cargo del comité de recuperación de la economía- y la promesa de crear dos millones y medio de puestos de trabajo para 2011, invirtiendo hasta 5% del PBI estadounidense, apuntan bien en la dirección de generar confianza. Se unen a nuevos, ya casi incontables programas de apoyo al consumo y al financiamiento de la vivienda anunciados por la administración saliente, incluyendo un inédito aporte de 800.000 millones de dólares de la Reserva Federal. A los tres íconos automotores, en cambio, Obama les pidió un plan sostenible antes de comprometer ayudas.
También Francia y el Reino Unido anunciaron programas de estímulo fiscal, aunque más modestos, y algo similar solicitó el presidente de la Comisión Europea. Los mercados financieros están cada vez más desesperados por ver este tipo de señales, y tremendamente líquidos, y por ello celebran cada vez que se producen.
Sin embargo, es temprano para festejar. Aunque el Dow Jones parece haber encontrado un piso en los 8000 puntos, la soja y el petróleo perforaron sus pisos de 300 y 50 dólares, respectivamente, el temor a la deflación sigue en pie y será azuzado cuando sigan apareciendo en fila las malas noticias de la economía real. Si las políticas fiscales y monetarias se coordinaran globalmente, en cambio, la solución sería más rápida y segura.
Mientras tanto, la mayoría de los países emergentes están capeando dignamente la tormenta, pero no son invencibles. Su fortaleza ha evitado que las bolsas y las commodities se derrumbaran más aún. Esto fue percibido por Estados Unidos -que abrió inéditas líneas de pase cambiario por 30.000 millones de dólares cada una a Brasil, Corea del Sur, México y Singapur- y por el FMI, que anunció nuevos créditos de corto plazo por el 500% de la cuota de cada miembro, otorgados o solicitados hasta ahora por ocho países, casi todos de Europa oriental.
Aun sin coordinación, la mayoría de los países está haciendo lo que indican los manuales de economía ante un shock exógeno desfavorable y riesgos de recesión: devaluar y dar impulso fiscal. Los países en mejores condiciones para hacerlo son aquellos que durante la época de vacas gordas ahorraron y mantuvieron baja la inflación.
Chile y, en menor medida, Brasil son algunos ejemplos. Para la Argentina es más difícil, porque no se aprovechó el boom de comienzos de siglo para hacer políticas anticíclicas, en sintonía, cabe decirlo, con una vieja tradición nacional.
El acceso al nuevo programa del FMI por cerca de 16.000 millones de dólares, cuya principal condición sería decir la verdad, ayudaría muchísimo a paliar las carencias, devaluar ordenadamente y apoyar la actividad económica.
En cambio, el durísimo golpe a la confianza de la grotesca reforma previsional se trata de compensar ahora con medidas variopintas. Por un lado, una moratoria fiscal lógica en las circunstancias. Por otro lado, la suspensión de las causas penales y desmedidos incentivos a la declaración o repatriación de capitales, con gravísimo daño a la ética y al cumplimiento tributario futuro, y efectos recaudatorios probablemente no irrelevantes, pero menos aún decisivos.
El mundo trata de vencer la desconfianzaCrisis, esperanzas y ruidos
Juan J. Llach
lanacion.com | Opinión | Lunes 8 de diciembre de 2008
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