jueves, 4 de diciembre de 2008

Ni estamos en el Primer Mundo, ni condenados al éxito, ni viviendo la profundización de un cambio.

El actual Poder Ejecutivo manifiesta una auténtica pasión por mantener en vigencia una ley de emergencia económica que le permite, vía delegación de poderes legislativos, manejar a su antojo buena parte de la economía nacional, como también lo hicieron otros gobiernos anteriores.

El tema siempre acarrea una profunda contradicción, ya que mientras las distintas voces presidenciales suelen decir que todo está muy bien, el Congreso prorroga los efectos de una ley hecha para cuando todo está muy mal.

Pero ello resulta ahora mucho más contradictorio que antes. ¿O no hay emergencia en materia de seguridad, cuando se enseñorean en las calles de las grandes ciudades del país los narcotraficantes, los secuestradores, los asaltantes y todas las formas del delito que se quieran imaginar?

¿O no hay emergencia previsional cuando los hasta ahora aportantes de las AFJP no saben qué pasará con sus aportes y los jubilados del sistema de reparto viven la verdadera estafa de recibir migajas respecto de lo que en toda su vida laboral aportaron?

¿O no hay emergencia educativa, cuando la educación sigue sin haber sido jerarquizada, no sólo en lo que hace a los salarios, sino también en lo edilicio, en el equipamiento escolar, en la atención de las necesidades universitarias o cuando se calcula que más de la mitad de las provincias no podrán cumplir con los 180 días de clases que marca, como mínimo, la ley?

¿O no hay emergencia social cuando la cantidad de pobres, víctimas de la inflación real que no mide el Indec, ya superan los once millones de argentinos y se acercan a la cifra existente durante la crisis de 2001?

¿O no hay emergencia habitacional cuando los sectores más desposeídos terminan construyendo viviendas precarias en forma descontrolada bajo la olímpica indiferencia de las autoridades?

Una realidad puede ser grave, pero más es no querer verla. Y resulta terrible que se apele a la jactancia como si se estuviera en la mejor situación.

Ni estamos en el Primer Mundo, ni condenados al éxito, ni viviendo la profundización de un cambio.

Fuera de la fantasía habitual que emana desde el poder, lo real es que los problemas son demasiado graves como para que sus soluciones estén en manos de una persona o de un grupo de iluminados.

Los atisbos de arreglo de tantas penurias dependen, en cambio, de un gran compromiso de todas las fuerzas sociales del país -políticos, empresarios, trabajadores, intelectuales- para acordar la decena, no más, de políticas de Estado duraderas que pondrán nuevamente en pie a la Argentina.
Una crisis que se expande

José Antonio Romero Feris

lanacion.com | Opinión | Jueves 4 de diciembre de 2008

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