Sin embargo, en la piedra absolutamente pateable que llamamos Tierra, la temperatura media ha seguido subiendo. En 2006 -y, más aún, en 2007- la reducción del hielo ártico en verano superó las más sombrías predicciones.
Los niveles de carbono siguen aumentando. Todavía no se ha registrado ningún caso de una planta de energía productora de carbono que se haya desactivado para ser reemplazada por una planta productora de energía limpia.
Los bosques y selvas incendiados, los arrecifes de coral que desaparecen, la extinción de las especies: estamos atontados por estas familiares letanías. Durante los últimos 30 años, hemos enfrentado ese problema, si es que lo hicimos, tan sólo mentalmente. Existen, por supuesto, los primeros indicios de una nueva infraestructura energética limpia -en ciertos tramos de la costa danesa, en algunas zonas de Alemania y de Japón, en algunos desiertos-, pero hasta el momento el efecto es minúsculo.
En el plano doméstico, Obama tendrá algunos factores de su lado. Hay, al menos, acuerdo en que existe un problema: el cambio climático antropogénico es un hecho, un hecho estadounidense.
No hacer nada es, simplemente, demasiado caro. Una gran parte del Partido Republicano así lo acepta, al igual que las empresas grandes e incluso las empresas petroleras.
Los que lo desmienten están, o deberían estar, en plena retirada. ¿Qué se podría desmentir o negar? Los estadounidenses ya han visto lo que ocurre cuando un Atlántico más caliente presta su energía a la temporada de huracanes.
De esta manera, el tema ya no depende de la virtud, del idealismo y de la posibilidad de ascetismo, sino más bien del autointerés y la necesidad, por los que todos sienten respeto. La producción petrolera pronto declinará y, en cualquier caso, habrá que encontrar alternativas.
Muchos países productores de petróleo son espeluznantes construcciones humanas de las que nadie quiere depender. Alemania ha creado un millón de empleos en el área de energía renovable. Empieza a ser evidente que se puede ganar mucho dinero reinstrumentando y abasteciendo a toda una civilización con nuevas fuentes de energía.
Pensemos solamente en una forma de energía solar. Un extraterrestre que aterrizara en nuestro planeta y advirtiera la cantidad de luz que nos baña se sorprendería al enterarse de que creemos tener un problema de energía, de que alguna vez se nos haya ocurrido sobrecalentarnos o envenenarnos quemando combustibles fósiles o generando plutonio.
La luz del sol cae sobre nosotros en una corriente constante, en una dulce lluvia de incontables fotones. Un solo fotón que golpee un semiconductor libera un electrón, y así se genera electricidad a partir de los haces solares. Si alguien cree en Dios, podría decir que esa energía gratis fue su mayor regalo. Menos de una hora de toda la luz solar que cae sobre la Tierra podría satisfacer todas las necesidades del mundo durante un año. Una fracción de nuestros desiertos cálidos podría abastecer de energía a nuestra civilización.
Miles de hectáreas de los desiertos del sudoeste estadounidense ya han sido analizadas para identificar sitios de instalación adecuados. Y han empezado a aparecer plantas, algunas de ellas financiadas por empresas europeas que aprovechan las exenciones impositivas. En laboratorios públicos y privados se inventan nuevas tecnologías.
¿Cómo puede generar energía durante la noche una planta solar o eólica? Daniel Nocera, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ha imitado la fotosíntesis para separar agua en hidrógeno y oxígeno. A la noche, estos gases se recombinan para impulsar una turbina.
En otros laboratorios se busca el huevo de oro industrial: una batería más barata y liviana para usar en los automóviles eléctricos. Los delgados paneles solares ya están en producción. Las líneas de investigación proliferan por millares. Esa ingeniosa generación californiana que hizo su fortuna refinando Internet empieza a revivir su juventud investigando sobre energía limpia.
En otras palabras: Obama asume el cargo en un momento en el que la energía renovable ha dejado de ser un emprendimiento marginal. El momento ha conjurado la aparición del hombre, pero este momento resulta particularmente difícil.
A la manera de Berkeley, hemos entrado en una recesión global porque siempre creímos que nos ocurriría. La cabeza ficcional de una serpiente ha empezado a devorar su cola real? una circularidad que el gran fabulista argentino, Borges, sin duda hubiera apreciado.
Soñamos esta recesión, la vimos venir y la creamos, Mientras tanto, en la economía johnsoniana "real", las fábricas, los sistemas de distribución, la inventiva humana, el deseo de trabajar, la necesidad de bienes y servicios, son iguales a los del año pasado? salvo que, a medida que se afirma la certeza de la recesión, la gente tiene más miedo y gasta menos, las empresas multiplican los despedidos, y así la recesión se retroalimenta.
Los problemas son solucionables, pero también son formidables. El presidente saliente ha estado moviendo palancas con gran energía en el mundo real, facilitando las plantas energéticas de carbón, abriendo territorios de propiedad federal para la búsqueda de petróleo y gas y estimulando la explotación del esquisto bituminoso. Todo esto tendrá que ser revertido por Obama. Las plantas de energía solares y eólicas suelen estar lejos de las ciudades. El carbón sigue siendo una fuente de energía fundamental en EE. UU., pero el carbón "limpio" es aún una fantasía, y llevar CO2 hasta los sitios geológicos adecuados y bombearlo bajo tierra es muy costoso. Los intereses petroleros no estarán contentos con la pérdida de su supremacía y sus antiguos privilegios, y a los vehículos eléctricos todavía les falta mucho.
Dentro de la comunidad científica dedicada al clima corre el sombrío rumor de que ya es demasiado tarde. La opinión generalizada no es más tranquilizadora: tenemos menos de ocho años para empezar a actuar significativamente sobre el carbono y otras emisiones de gases de invernadero, ocho años para pasar del solipsismo de Berkeley al pragmatismo de Johnson. Después, a medida que se llegue a los peores pronósticos, la curva de las emisiones aumentarán con demasiada rapidez para que podamos contenerlas. En palabras de John Schellnhuber, uno de los principales científicos climáticos de Europa y asesor científico de Angela Merkel, la canciller alemana, "lo que se requiere es una revolución industrial de sustentabilidad, que debe iniciarse ahora".
Para que sea eficaz, esa revolución sólo es posible en el nivel de la cooperación internacional, que es mucho más difícil de lograr que cualquier innovación tecnológica. El año próximo, a fines de noviembre, hay una cita en Copenhague para la que todo el mundo de la ciencia climática se está preparando y que muchos consideran como nuestra mayor y posiblemente última esperanza de enfrentar el problema antes de que se nos escape de las manos.
Esta reunión es la sucesora global de la realizada en Kioto. Se puede afirmar que será una de las reuniones internacionales más importantes de la historia. Si no produce resultados prácticos y medidas radicales, la lucha por controlar nuestro futuro se habrá perdido.
Todas las naciones del planeta estarán representadas. El sentimiento general que predomina es que no se puede permitir que la conferencia sea un fracaso. Y no puede tener éxito sin el liderazgo de los Estados Unidos. Hay temores de que Obama se muestre demasiado cauteloso y no actúe directamente sobre el cambio climático por razones políticas? y eso sería un error trágico. Schellnhuber dice: "Si estuviera dispuesto a asistir en persona a la reunión de Copenhague y pronunciar un discurso que fuera un compromiso claro y definido, semejante al de Reagan en Reykjavik, se convertiría en un héroe del planeta, y para siempre".
Y así los mecanismos de lo irreal, el humo y los espejos, tendrán que venir en auxilio de nuestro mundo real, existente y recalentado. Barack Obama tal vez logre llevar a la nación hacia un futuro bajo en carbono simplemente porque la gente cree que puede hacerlo. Los científicos, cuyo mayor valor es el escepticismo, y los diplomáticos, que desconfían de las cumbres internacionales, junto con millones de personas de todo el mundo, le atribuyen algo así como poderes sobrenaturales. Está investido con más símbolos -de renovación, de racionalidad- de los que su esbelta contextura puede cargar. Después de haber convencido a todos los demás, tal vez se haya convencido doblemente a sí mismo. Su aura le dará poder, un poder tan numinoso como la buena suerte, tan permanente como la nieve de primavera. Debe actuar de manera decisiva.
Durante la campaña, hubo quienes dijeron que Barack Obama era puras palabras vacías de intención, que era puro ruido y pocas nueces. Ahora debe desmentir a sus detractores e iniciar esa minuciosa y práctica preparación para Copenhague, y refutarlos de ese modo.
Obama debe ser un héroe ecológico
Ian Mc Ewan
lanacion.com | Opinión | Viernes 5 de diciembre de 2008

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