sábado, 13 de diciembre de 2008

La tablita progresiva era una buena ley y justa.

Durante años he guardado un silencio casi total sobre los hechos económicos y políticos de la Argentina. No pienso por ahora cambiar esa posición. Por lo tanto, esta nota tiene el objetivo específico de intentar corregir las inexactitudes en las declaraciones efectuadas por funcionarios del gobierno referidas al anuncio de la señora Presidenta respecto a la "tristemente célebre tablita de Machinea", según cito textualmente. Un primer comentario sobre la cita: si tan triste fue, no se entiende por qué los gobiernos del matrimonio Kirchner la mantuvieron durante cinco años y medio.

En 1999, al asumir el gobierno de la Alianza, heredamos un déficit total de 4,7% del PBI, lo que hacía imposible acceder al financiamiento externo. Por ello, se tomó la decisión de aumentar los ingresos públicos y de bajar el gasto público. Por el lado de los recursos, se recurrió en diciembre de 1999 a una reforma de carácter progresivo en el impuesto a los ingresos personales. Nadie dudó, entonces, de esa progresividad. Algunos la consideraron inoportuna; otros excesiva; muchos la apoyaron. Pese a esa reforma, meses más tarde la Alianza ganaba en la ciudad de Buenos Aires, seguramente el distrito electoral donde la reforma tuvo un mayor impacto, lo que mostró una vez más que el voto de la gente depende no sólo de sus ingresos, sino también de ciertos valores.

Con la reforma aprobada por el Congreso de la Nación, las personas solteras que ganaban más de 1500 dólares mensuales y las personas casadas que ganaban más de 2000 dólares mensuales pasaron a pagar el impuesto a las ganancias. Asimismo, se aumentaron las alícuotas a las personas de ingresos más altos, siempre aplicando un criterio de progresividad. Quizá valga la pena recordar como elemento de contexto que el promedio salarial de la época era de 800 dólares, aproximadamente la mitad del primer escalón imponible.

Junto con esa iniciativa, se decidió limitar las deducciones a medida que aumentaba el nivel de ingresos. Eso es lo usual en la mayoría de los sistemas impositivos de los países desarrollados y en aquellos países en desarrollo cuyos gobiernos apuntan a conciliar crecimiento con equidad. Esa, y no otra cosa, es la famosa "tablita".

El señor jefe de Gabinete puede criticar aquella reforma, pero lo que no puede hacer a riesgo de caer en una completa inconsistencia es caracterizarla como "un impuesto regresivo". Esas palabras sólo pueden ser fruto del desconocimiento o de la obediencia debida. Sí podría, en cambio, calificar de regresiva y poco racional la eliminación de escalas llevada a la práctica por el gobierno del presidente Kirchner, lo que generó fuertes saltos entre tramos de ingresos y produjo problemas que hace rato era necesario corregir. Podría también calificar de regresivo e irracional ajustar los mínimos no imponibles del impuesto a las ganancias por una inflación oficial mucho menor que la verdadera, estimulando la legítima protesta de los trabajadores ante lo que se convirtió en un verdadero impuestazo.

Celebro que el gobierno actual haya decidido corregir sus propios errores, aunque lo haga apelando al falso truco de imputar a mi persona esos errores. Lamentaría, en cambio, si esa corrección derribara el espíritu progresivo y progresista al que el impuesto a las ganancias nunca debería renunciar. No tengo muchas esperanzas al respecto. Ante una fuerte restricción al financiamiento como aquella que nosotros vivimos en 1999 y que la señora presidenta hereda ahora de la gestión de su esposo, el Gobierno decidió enfrentarla con la confiscación de los ahorros de los ciudadanos que aportaban a las AFJP y no con una meditada reforma que fuera fruto del consenso. Ese no es el camino. Eso no es progresismo.
OpiniónEsto no es progresismo

Jose Luis Machinea

lanacion.com | Política | S?do 13 de diciembre de 2008

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