sábado, 6 de diciembre de 2008

En la sociedad actual el otro pierde su carácter de semejante para convertirse en cliente, rival o sencillamente en un instrumento para obtener algo.

La clásica ley universal que niega al otro para actuar sin culpa ("ojos que no ven?") se ha corporizado con particular intensidad en la argentinidad actual. El otro (el prójimo, el semejante) aparece desdibujado, como si sus fronteras fueran invisibles.

"Cuando vas por la calle la gente te atropella? como si fueras transparente, te quiere pasar por encima, no existís", se queja la diseñadora gráfica Lorena Szenkier.

"Esta impersonalización que transforma al otro en una cosa es hoy una característica de nuestra sociedad, que nos empuja a vivir hacia afuera, con cierta huida de nosotros mismos", dice el psicoanalista Alfredo Painceira, que dictó la conferencia "El mal como la negación del otro ", en el VII Congreso Argentino de Psicoanálisis, realizado en Córdoba.

"Los vínculos entre las personas tienden a hacerse cada vez más instrumentales -dice Painceira-. El otro pierde su carácter de semejante para convertirse en cliente, rival o sencillamente en un instrumento para obtener algo."

El automatismo y la anomia de las ciudades superpobladas ceden en pueblos del interior, en donde la trama social se teje con nombres propios, los vínculos son más personalizados y cada uno ocupa un rol irreductible. Sin embargo, la tendencia general es de pérdida progresiva de la capacidad de empatía, de reconocer al otro y armonizarse con sus parecidos y diferencias.

"La raíz de muchos males contemporáneos tiene estrecha relación con esta imposibilidad de reconocer al otro", dice Painceira, y rescata una advertencia de Juan Pablo II, quien poco antes de morir dijo que el peor de los males de este tiempo es el de inadvertencia.

Pero la conversión del otro en un "objeto/nada", tal como lo definió la licenciada Estela Bichi, que también participó del citado congreso, no lleva patente argentina.

Mediante este procedimiento, la civilización ha realizado, a lo largo de su historia, innumerables actos de incivilización y barbarie, aunque no siempre con la premisa del sadismo, sino de lo que la filósofa y pensadora alemana Hannah Arendt llamó "banalidad del mal".

"Una de las cosas que más extrañaron a Arendt cuando conoció al genocida Adolf Eichmann, corresponsable de "la solución final" planificada por los nazis contra judíos y opositores, fue que se trataba de un burócrata: despersonalizando a las víctimas, transformándolas en simples números, convertía el Holocausto en un problema matemático. "Tenemos que matar a cinco millones de personas con el menor costo. ¿Cuál es el método más barato?"

Sin alcanzar el dramatismo extremo que se ha repetido a lo largo de la historia en infinitas escenas de crueldad acompañada de anestesia, la vida actual multiplica cotidianamente escenas protagonizadas por quienes hacen del otro una nada, hecho que los avala a proceder con la mayor de las libertades sin asumir compromiso alguno sobre su propia conducta.

El saber popular lo resume con la frase "La libertad de uno termina donde empieza la del otro".

La ecuación es sencilla: si el otro no existe, la libertad de uno se expande.

Pero el otro existe.

Prohibido hacerse el autista
Uno de los resortes psicológicos que subyacen a este pase de magia que esfuma al otro tiene seguramente una raíz primitiva: "Quien no ha sido percibido, tratado ni sentido como persona en sus primeros años no puede desarrollar él mismo la capacidad de hacerlo", explica Painceira. Las personas con estas características "no sienten, viven desconectadas de sus afectos, en un cuerpo que sienten como un objeto más en un mundo de objetos".

Sin embargo, la multiplicación del fenómeno permite pensar en mecanismos sociales que activan los engranajes del individualismo extremo. "En nuestra cultura cada vez es menos frecuente la relación yo-tú, y cada vez es más frecuente el contacto puramente instrumental del otro, que pasa a existir exclusivamente cuando es un obstáculo o cuando lo necesitamos."

Para muestra, un estudio reciente realizado por el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) detectó que el 70% de los argentinos asume conductas discriminadoras, especialmente hacia las personas pobres. Es decir que la mayoría de nosotros segregamos a quienes no vemos como semejantes, salvo cuando resuelven nuestras necesidades.

La manifestación de esta devaluación del otro se manifiesta en hechos cotidianos que, en opinión de Renata Pavani, demuestran "una brutal pérdida de valores y prioridades, además de una despersonalización de nosotros mismos".

Desde la experiencia que adquirió invirtiendo tres horas diarias en viajar desde y hacia su trabajo como product manager de una editorial médica, comenta: "Hemos llegado a tal nivel de patetismo, que el otro día en el subte descubrí un cartel, paralelo al oficial, que decía «Prohibido hacerse el dormido», y se veía a una mujer embarazada colgada del pasamanos y a un chico joven sentado, que «parecía" dormido...".

Con sello argentino

Hacer de las calles un autódromo, lo que provoca 22 muertes por día (unas 8000 al año). Y en su versión más extrema, fugarse sin ayudar a los heridos a tiempo de salvarse.

Olvidar la prioridad de paso del peatón en las esquinas, amnesia que se repite con el resto de las reglas de tránsito.

Creer que los demás son transparentes y no ocupan lugar en el espacio, hecho que se manifiesta con particular intensidad en los medios públicos de transporte.

Ignorar voluntariamente los derechos de los demás. En ocasiones, la conducta va acompañada de agresión a quien decide poner en evidencia la falta de ética.

Invadir el espacio auditivo de los otros. La radio del auto no es necesariamente bienvenida por los demás. Salvo para quien participa de la conversación, el diálogo por celular en volumen máximo molesta.

Usar la bicisenda como lugar de estacionamiento, especialmente los fines de semana, que son los días en que es más usada por los ciclistas.

Desatender reglas de respeto elementales, como dejar el lugar en la fila o el asiento a una persona mayor, a una embarazada o a otra persona que realmente lo necesita.

Olvidar que el dinero y el espacio púbico son públicos, es decir, de uso colectivo y no para beneficio personal o partidario.

Fumar en lugares públicos cerrados e ignorar que el humo del tabaco es nocivo para todos, incluidos los que no fuman.

Priorizar derechos de ricos y famosos por sobre los derechos de pobres y desconocidos.

Recordar la existencia del prójimo sólo cuando lo necesitamos.

Congreso de psicoanálisis / Individualismo extremoIgnorar al otro, un signo de estos tiempos

Expertos en salud mental debaten sobre las razones que llevan a los argentinos a olvidar que los otros son también personas

lanacion.com | Ciencia/Salud | S?do 6 de diciembre de 2008

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