Los diccionarios y algún trajinado manual sobre los principales paradigmas de la sociedad moderna definen al empresario como aquella persona que arriesga su dinero, su tiempo y su esfuerzo para construir y poner en marcha una unidad de producción de bienes o servicios que responda a las necesidades de la sociedad y que, como contrapartida, le permita obtener ganancias.
La definición no estaría completa si no incluyese algo más: por ejemplo, la exigencia de que la acción empresaria responda a un espíritu innovador y exhiba una identificable voluntad de contribuir de alguna manera al progreso y al desarrollo general de la comunidad.
Hace algún tiempo, el diario español La Vanguardia publicó una clarificadora entrevista con el destacado economista argentino Bernardo Kliksberg, asesor de importantes organismos internacionales. La conversación con este singular conocedor de las alternativas de la vida económica global giró en torno de si corresponde o no exigirles a los sectores empresariales y productivos del ámbito privado que asuman una responsabilidad activa en el esfuerzo por servir a los requerimientos fundamentales del bien común. El propio título de la nota anticipaba la respuesta de Kliksberg: "Si usted sólo quiere ganar dinero, por favor, no se convierta en empresario".
El artículo transcribía, en algún pasaje, opiniones que discrepaban de la visión de Kliksberg. Economistas consultados por el periódico, en efecto, opinaban que el sector privado actúa naturalmente en defensa de su propio y legítimo interés y que sería inútil pretender que se comportara de otro modo. Quienes piensan así consideran que lo que corresponde es diseñar desde el Estado un sistema de incentivos económicos que estimule a las empresas privadas a adoptar conductas solidarias o beneficiosas para el bien común.
El artículo reactualizaba una antigua y nunca resuelta controversia: ¿debe esperarse que las empresas privadas se fijen a sí mismas pautas éticas que produzcan efectos sociales positivos o el camino adecuado sería diseñar incentivos económicos que incitasen a los empresarios, por el peso de su propio interés, a volcarse hacia esos comportamientos?
Por encima de esta controversia existe una realidad que no se puede desconocer y es la que lleva a admitir que cuando una empresa del campo privado llena eficientemente sus propios cometidos particulares está prestando ya -por esa sola circunstancia- un claro servicio a la sociedad entera.
Como lo han señalado muchos autores preocupados por descifrar las claves últimas de la relación entre los diferentes sectores económicos y las realidades vivenciales que surgen del fenómeno de la participación ciudadana y del peso natural de los liderazgos comunitarios, un empresario que sólo se preocupase por evaluar la cuantía de sus ganancias difícilmente podría subsistir al frente de sus negocios en la compleja realidad de nuestro tiempo, signado por la interrelación económica, cultural y social, que condiciona los movimientos que apuntan a la producción o comercialización de bienes y servicios.
De ahí el gran daño que se le causa a la salud moral y económica de la Nación cuando intereses de carácter espurio o eminentemente político partidario se filtran en el escenario empresarial y desnaturalizan la función que los diferentes actores están llamados a cumplir.
En la Argentina de hoy, resulta preocupante el contenido de ciertos mensajes equívocos que se emiten desde el vértice más alto del poder institucional. En el curso de la semana última, por ejemplo, se formuló desde el propio sillón presidencial una reflexión que pareció indicar que, en el futuro, sólo podrán hacer buenos negocios en el país quienes se asocien con el Estado o, más precisamente, con los representantes de un oficialismo que ha dado y sigue dando sobradas pruebas de autoritarismo y de su intención de perpetuarse en la conducción de la República.
Los últimos tiempos nos facilitan numerosos ejemplos de grupos empresarios que hacen negocios al compás de decisiones tomadas desde la Casa de Gobierno. Y, del mismo modo, el sueño de una nueva burguesía argentina manifestado por el matrimonio gobernante parecería traducirse en un grupo de empresarios dispuestos a prosperar bajo el calor oficial, merced a sospechosas concesiones de obra pública, sobreprecios y festivales de subsidios que termina pagando la ciudadanía.
Editorial ISer empresario hoy
La independencia empresarial ante las presiones políticas mezquinas será la mejor garantía de transparencia
lanacion.com | Opinión | Domingo 30 de noviembre de 2008
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