martes, 16 de agosto de 2011

La hora de mirar hacia Alemania

PARIS.- Agosto solía ser un período para soñar, para vagar por las calles vacías de esta ciudad, para leer artículos superficiales en los diarios después de un prolongado almuerzo regado con sancerre, mientras uno contemplaba las plazas donde las fuentes gorgoteaban.

Pero algo pasó.

El mundo se aceleró. Los niveles de estrés se fueron a las nubes. Los momentos de ocio se evaporaron. Los egos se expandieron. Los dispositivos electrónicos se volvieron portátiles. El dinero superó a la política. Brotó la furia. Tal como expresó Leonard Cohen: "Los pobres siguen pobres. Los ricos se enriquecen. Así son las cosas. Lo sabe todo el mundo".

Excepto que todo el mundo está desconcertado. Cuando David Cameron tiene que volver de apuro de Toscana a una Londres desgarrada por los disturbios y Nicolas Sarkozy se toma un avión en la Riviera para atender la crisis de la deuda de París, y el vacío de las vacaciones de verano desaparece en Europa, ya nadie entiende qué está pasando.

Agosto abortó este año. Se convirtió en una temporada seria. La playa dejó lugar a las barricadas. Una mala época se cierne sobre nosotros.

La furia de las ciudades británicas sigue a las protestas sociales de este año en Grecia, donde también rugió la violencia, y en España, donde decenas de miles de personas acamparon en las calles desde Madrid hasta Barcelona.

Otros países, incluido Portugal, fueron testigos de una difusa furia arraigada en una convicción compartida: las cosas no pueden seguir así. Este malestar europeo ya no es desconocido en un Estados Unidos donde cunden el desempleo, el desconcierto económico, la radicalización ideológica y la mezquindad política.

Los números cuentan parte de la historia. El desempleo juvenil en la Unión Europea está por encima del 20%, y llega hasta un 45,7% en España. Cerca de uno de cada cinco jóvenes europeos y norteamericanos se pregunta cómo puede encarrillar alguna clase de vida laboral. Los "ni-ni" británicos comparten con los chicos bumerán de Estados Unidos la angustia de la espera.

Esta angustia crece porque los gobiernos están recortando los beneficios y extendiendo la edad jubilatoria en un intento por enfrentar los déficits descontrolados. Y una gerontocracia laboral no es precisamente una ayuda para los jóvenes. Los británicos, desde Tottenham hasta Teesside, han visto al gabinete más aristocrático desde la época de Macmillan clausurar todas las prestaciones, desde las bibliotecas hasta los servicios de orientación para jóvenes. Hay una sublevación con la consigna de "No hay futuro".

En las sociedades occidentales ha crecido el sentimiento de que hay fuerzas incontrolables abocadas a reducir todas las posibilidades. La historia nunca ha visto un cambio de poder global tan radical como el actual, que se las arreglara para darse en forma pacífica.

La Europa de hoy está construida sobre las cenizas de varios imperios que terminaron en una u otra forma de convulsión violenta. Ahora, el cuasi imperio norteamericano, y de manera más general, el dominio de Occidente, está llegando a su fin, no con rapidez pero sí inexorablemente.

El crecimiento, los empleos, el entusiasmo -y sí, las posibilidades- se encuentran en el gran arco no occidental que va desde China, pasando por la India y Sudáfrica, hasta Brasil. ¡Hacia el Sur! ¡Hacia el Este! Ese es el dictamen de la época. El mundo ha quedado patas arriba. Lo que vemos es de qué manera esa inversión ha alterado a las sociedades occidentales.

A medida que emergen nuevas potencias, la globalización ha alterado la relación entre el capital y el trabajo, y ha favorecido al primero.

Fuera de Occidente, hay muchos más trabajadores baratos, ya que la tecnología ha eliminado las distancias. Los beneficios producidos por el capital han demostrado ser mayores en relación con los salarios. Esa es la historia del período post-Guerra Fría. La brecha entre ricos y pobres se ha convertido en un abismo.

Las únicas personas que escaparon indemnes de la gran juerga financiera que precedió a este caos fueron sus principales arquitectos y mayores beneficiarios: los banqueros, los financistas y los mandamases de los fondos de inversión. También eso está estimulando una época desesperada que ha dejado a los políticos de Occidente totalmente desconcertados.

Tal vez la sociedad que esté lidiando mejor con estos dilemas sea Alemania. Ha invertido en una fuerza laboral muy calificada. Ha igualado la capacitación de los trabajadores con los empleos. Ha seguido fabricando maquinarias de precisión que otros no pueden fabricar. Ha estimulado la cooperación entre los sindicatos y los empleadores, y entre los industriales y el gobierno, con el propósito de defender los empleos. El desempleo juvenil está por debajo del 10%.

No ha intentado competir a destajo con China, ni ha creído que los servicios financieros podían ser el sustento de una sociedad, ni ha reducido los programas de educación. Lamentablemente, también Alemania se encuentra sumida en la contemplación de su propio ombligo. Está cansada de los problemas ajenos. Está harta de rescatar a los griegos. Las encuestas indican que el 50% de los alemanes tienen poca o ninguna fe en la Unión Europea, que fue la ruta hacia la rehabilitación del país en la posguerra. El liderazgo alemán se ha convertido en un oxímoron justo en el momento en que se lo necesitaba.

Estados Unidos y Europa occidental salvaron a Alemania. Tal vez haya llegado el momento de que los alemanes les devuelvan un poco el favor? no sólo con dinero, sino también con ideas.

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