Martin Lousteau
Cada vez que se celebran comicios los medios suelen mostrarnos a sus protagonistas saliendo de emitir el sufragio y exaltando la naturaleza del acto eleccionario como una "fiesta de la democracia". Si ello es así, las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) vienen a ser como la matiné, una suerte de simulacro preparatorio para el gran evento en el que se supone que va a ocurrir muy poco: de hecho casi no hay disputas internas relevantes que dirimir.
En esta oportunidad, las PASO no han servido para elegir los candidatos presidenciales de cada partido. Pero sí han permitido establecer certeramente el nivel de adhesión de cada espacio político después de que el colorido mosaico de elecciones previas, formado por Catamarca, Salta, Chubut, La Rioja, Misiones, Neuquén, Tierra del Fuego, Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, tuviera lecturas tan disímiles y que los ostensibles yerros de los encuestadores desacreditaran cualquier nuevo dato. En los breves cinco meses que transcurrieron entre la primera y la última de ellas pasamos así de la euforia oficialista a un clima prematura y equivocadamente triunfal en el campo opositor.
Existe un fenómeno peculiar en los trabajos de campo que relevan la percepción de los individuos respecto de su situación económica y social. En ellos, la proporción de gente que se considera de clase media es siempre muchísimo mayor que la clase media en sí. La explicación es sencilla: en el limitado y homogéneo ámbito en que nos movemos siempre podemos encontrar gente en mejor y peor situación económica que nosotros mismos, y ello tiende a ubicarnos mentalmente en el promedio. Pero basta cambiar de entorno o mirar las estadísticas de distribución de ingreso para corregir y hallar nuestro verdadero lugar socioeconómico. Esta consecuencia de ignorar el hecho de que desarrollamos nuestras actividades cotidianas en un hábitat específico ha llevado a muchos analistas y periodistas (e inclusive a varios políticos) a confundir sus deseos y los de sus seres cercanos con la realidad. No hay nada de malo en expresar opiniones, pero cuando las entrañas bloquean el proceso de análisis racional difícilmente se pueda ser cronista de lo que de veras ocurre.
En medio de la discusión sobre las cifras en Chubut escribí que "el deseo de continuidad obtuvo una amplia victoria: entre ambas interpretaciones sumó casi el 80%" y que "en ese contexto las acciones de quien está respaldado por un gobernador saliente pierden peso frente a las de un candidato de un Gobierno Nacional con muy buen posicionamiento de cara a octubre". Luego de la primera vuelta en la Ciudad de Buenos Aires jugué contra las lecturas más facilistas mediante el título del artículo: "La `irrelevancia´ de la Capital". Y tras los comicios santafesinos sostuve que "a pesar de los magros desempeños electorales recientes del kirchnerismo, colegir que el caudal de Rossi es también el que obtendría Cristina Fernández de Kirchner en Santa Fe para las presidenciales parece erróneo. Algo similar estaría indicando la muy buena elección de María Eugenia Bielsa".
Ahora que tenemos la primera encuesta con cobertura nacional, y sin "errores muestrales" ni falsificación de resultados por interés del que las encarga y falta de escrúpulos de los que las realizan, sus resultados son contundentes: el gobierno nacional tiene un apoyo abrumador, que se refleja en los números obtenidos tanto por la fórmula presidencial del oficialismo como por su candidato en la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli. Ambos estuvieron alrededor del 50% de los votos, prácticamente duplicando las cifras sumadas de sus dos inmediatos perseguidores. Y para desgracia del arco opositor los magros números de éstos últimos son parecidos, por lo que ni siquiera surge de allí un único liderazgo.
A esta altura, parece casi imposible que pueda entrar en zona de riesgo la victoria en primera vuelta de Cristina Fernández de Kirchner y Amado Boudou. Seguramente, en los próximos setenta días veremos el esfuerzo de algunos sectores del establishment por sostener algún nivel de desafío por parte de Duhalde y Alfonsín. Pero cuesta pensar que vaya a tener lugar una traslación hacia cualquiera de esos sector de los votos de quienes ayer optaron por Binner, Carrió o, inclusive, al milagro de Altamira.
Una característica de las elecciones nacionales de este año es que van a limpiar el escenario de actores que parecen haber sido declarados intrascendentes a los ojos de la sociedad. La voz de Lilita podrá ser incisiva en el diagnóstico, pero ya sabemos que los argentinos le prestan poca atención a su contenido. El discurso de Pino Solanas parece haber sido juzgado con la letra de Sabina en mano: "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". Los Rodríguez Saá seguirán siendo un fenómeno exclusivamente puntano. La estrella de Alfonsín habrá sido tan efímera como livianos los fundamentos de su ascenso al firmamento, y su ocasional socio, De Narváez, deberá optar por volver al redil de quienes despreció, como Duhalde o Macri, o bien evaporarse paulatinamente.
En los desempeños de Duhalde y Binner podemos hallar una curiosa paradoja. Entre ambos, el de mayor caudal de votos no pudo ocupar el rol de principal opositor ya que repite su derrota de 2005 en la provincia de Buenos Aires y confirma su posición como una importante figura del pasado reciente argentino que carece de protagonismo futuro. Mientras, el socialismo parece ir pasando exitosamente las etapas obligatorias para su consolidación: de partido municipal a gobernar Santa Fe y, ahora, a transitar definitivamente la desafiante tarea de construir un partido nacional.
A pesar de los próximos e inútiles contoneos de la derrotada oposición, y salvo eventos extremos e imprevistos, estas elecciones primarias donde las internas eran lo menos importante parecen haber tornado casi irrelevantes los comicios del 23 de octubre próximo. Cristina Fernández de Kirchner será reelegida. Y es lo que corresponde. En primer lugar porque la ciudadanía juzga que es, en comparación con todos los otros candidatos, la que está en mejores condiciones para liderar los próximos cuatro años. Pero también para que brinde una lección de estadista al mostrar que puede hacerse cargo de sus decisiones previas y corregir algunas situaciones. O, si no es así, para que todos aprendamos que no hay acciones sin consecuencias, que desperdiciar oportunidades tiene su costo, y que de poco sirve juzgar las administraciones por sus éxitos de corto plazo en lugar de por aquello que construyen para que el próximo gobierno pueda sostener las mejoras y llevar nuestro progreso siempre un paso más allá, más cerca del verdadero desarrollo
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