viernes, 3 de octubre de 2008

La prioridad es lograr que el crédito vuelva a fluir por las arterias del comercio, aunque eso signifique salvar a los cretinos.

A principios de los 90, cuando yo era un corresponsal que esperaba su próxima designación en el exterior para The New York Times , pedí que me enviaran a Japón. Tokio era un titán económico que inspiraba reverencia; posiblemente la capital más importante fuera de Estados Unidos.

Luego los políticos japoneses, con la misma ineptitud sublime que demostró esta semana nuestra propia Cámara de Representantes, ignoraron una crisis bancaria y no se decidieron a instrumentar un rescate. Y entonces vi, allá en Tokio, cómo una economía poderosa se derretía igual que un iceberg en el Caribe.

El fracaso de Japón en ofrecer una respuesta urgente y decisiva a su caos bancario hizo que el país tuviera que soportar una "década perdida" de estancamiento. Si Estados Unidos quiere evitar la decadencia de Japón, la Cámara de Representantes debería seguir el camino del Senado y aprobar el rescate inmediatamente.

Al igual que hoy en Estados Unidos, la mayoría de los japoneses no entendió cuán devastadora podía resultar una crisis bancaria para la economía real.

En Japón, los banqueros y los magnates inmobiliarios eran figuras corruptas, disolutas y nada queridas. Y nadie quería ayudarlos. Ellos tomaban, a cuenta de la empresa, café con hojas de oro y patrocinaban restaurantes con suelos espejados y camareras de minifalda.

En suma, los ejecutivos y empresarios eran verdaderos cretinos. Y tanto en Japón como en Estados Unidos ahora es difícil para los políticos formular un rescate con el eslogan: "¡Salvemos a los cretinos!".

Los políticos japoneses no querían rescatar a esos peces gordos tan impopulares y no advertían ninguna emergencia. Entonces la economía japonesa se fue quedando sin aire, y los mayores perjudicados fueron los pequeños fabricantes de futones que no conseguían crédito y los agricultores de las islas remotas que perdieron los servicios de ferry cuando el gobierno se vio obligado finalmente a reducir los gastos.

Tropiezos
Para los que están acostumbrados a los mercados alcistas, que creen que seguramente saldremos de esta situación rápidamente, recuerden esto: el índice de los principales valores japoneses está todavía a menos de un tercio del nivel que tenía hace 19 años.

En 1993, después de que las acciones japonesas tuvieron tropiezos durante varios años, un amigo estadounidense me dijo que iba a invertir en papeles japoneses. "No sé qué pasará con ellos en los próximos dos años -me dijo-. Pero lo que sí sabemos es que en cinco años se recuperarán y estarán mejor que las acciones de Estados Unidos." Desde entonces, los bonos japoneses han perdido un 40% de su valor.

El director de la Reserva Federal norteamericana, Ben Bernanke, es un experto en la década perdida de Japón, y el presidente de la Reserva Federal de Nueva York, Timothy Geitner, vivió en Tokio durante esa debacle. Y la experiencia de ambos es sin duda una de las razones que determinan el apremio de la respuesta de Washington. La lección de Japón es muy clara: hay que taparse la nariz y soportar un rescate, sobre todo para limpiar los activos bancarios.

Dicho esto, los que se oponen al rescate tienen razón para estar furiosos. Es profundamente injusto que las familias trabajadoras pierdan sus viviendas, sus empleos, sus ahorros, mientras los plutócratas que causaron el problema son rescatados.

Si los críticos del rescate en el Congreso quieren hacer un bien duradero, deberían volver en enero -después de aprobar el rescate ahora- con una serie de medidas firmes destinadas a mejorar el gobierno y a inyectar más justicia en la economía.
El escenario electoral y el económicola crisis financiera globalLa lección de Japón: taparse la nariz y soportar el rescate
lanacion.com | Exterior | Viernes 3 de octubre de 2008

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