Hacía décadas que los brasileños buscaban petróleo sin encontrarlo. Empeñados en lograr el autoabastecimiento energético, abrieron entonces la vía de los combustibles renovables como el etanol al mismo tiempo que los norteamericanos. Mientras esta iniciativa les permitía avanzar en dirección del autoabastecimiento, no confiaron en sus propias fuerzas para seguir buscando petróleo; llamaron en cambio a grandes empresas petrolíferas extranjeras como British Petroleum, que tenían los recursos y la tecnología para intentarlo. Al fin, cuando brotó el petróleo en cantidades que no habían imaginado, descubrieron que Dios es brasileño.
Pero Tupi no habría sido posible con el rechazo sistemático del capital extranjero que prevalece entre nosotros. Si nosotros expulsamos a los grandes capitales, que son los únicos capaces de perforar el mar, y si los brasileños procuran atraerlos, ¿es acaso sorprendente que el descubrimiento de la nueva cuenca haya ocurrido en Brasil y no en la Argentina? Brasil atrajo. La Argentina expulsó. Ellos, ahora, nadan en petróleo. Nosotros vamos a importarlo. ¿Quiénes han tenido razón entonces? ¿Los brasileños, guiados por un sentido práctico y un auténtico nacionalismo, o los argentinos, encandilados por un patrimonialismo que prefiere que el Gobierno maneje todo lo que hay junto con sus amigos, aunque ese "todo" sea bien "poco"? ¿Los brasileños, que se abren al mundo, o los argentinos, que, según la reciente encuesta de Latinobarómetro, son los latinoamericanos que menos confían en los Estados Unidos y en las fuerzas del mercado?
Brasil se nos escapa cada vez más lejos. Recibe capitales en abundancia. Descubre tanto petróleo como tiene Venezuela. Ya no nos aventaja sólo cuantitativamente, sino también cualitativamente. El pánico de los años sesenta se ha concretado.

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